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Felices con delfinoterapia

Aviel Bascó Padilla, el niño autista de seis años que recibió delfinoterapias en Ucrania durante el verano, se mete en los problemas típicos para alguien de su edad, socializa con compañeros de todas las edades en su escuela y recuerda con detalles muchas de las historias que ha vivido.

Para sus padres, éstos son pequeños logros porque se trata de comportamientos que originalmente no se esperaban de él como niño diagnosticado con autismo.

La madre de Aviel, Marimil Padilla, le atribuye a la delfinoterapia en gran medida el progreso de su hijo, aunque reconoce que puede haber otros factores en juego como su proceso de maduración y la constante participación en terapias del habla y ocupacionales.

Después de las delfinoterapias que recibió Aviel durante 10 días en una antigua base soviética en Sevastopol, Ucrania, Padilla asegura que el cambio más visible que ha percibido en su hijo es su desenvolvimiento social.

“Antes socializaba con dos o tres niños, pero ahora socializa con la masa de gente allí. Esa fase social antes estaba fragmentada. Aviel ahora está en la escuela socializando con su comunidad e incluso metiéndose en problemas, que es algo bueno para nosotros porque representa normalidad en su proceso. Él sabe interpretar que hay una causa y un efecto y cuenta sus historias con detalles”, dijo Padilla.

La madre agradece este progreso a la delfinoterapia, un acercamiento que, sin embargo, no cuenta con prueba científica concluyente, es sumamente costosa y cuenta con innumerables escépticos que piensan que puede ser más una esperanza para una enfermedad incurable como el autismo que una solución real.

Padilla y el padre de Aviel, Omar Bascó, saben muy bien el escepticismo que rodea este método de tratamiento, pero piensan que a su hijo le ha funcionado para bien.

Las de Ucrania fueron las terceras delfinoterapias que recibió Aviel. Las primeras, según Padilla, fueron para que madurara el hipotálamo, las segundas para ayudar al desarrollo cognoscitivo y, estas últimas, para que adquiriera soltura social y se desenvolviera sin temores.

A Aviel también parece haberle gustado la experiencia de la delfinoterapia, a la cual pudo asistir tras su familia y amigos recaudar miles de dólares vendiendo botellas de agua a $1 en diferentes semáforos.

“Mi delfín era César y después me cambiaron a otro, pero no me acuerdo el nombre. El agua estaba más fría que un hielo”, dijo Aviel, provocando las risas de su familia.

El autismo, un impedimento en el desarrollo producto de un desorden en el sistema nervioso central, afecta a por lo menos 9,600 puertorriqueños.

Aviel recibió las delfinoterapias guiadas por la doctora Ludmila Lukina, una de las pocas científicas que ha estudiado el tema. Sin embargo, la pregunta sobre cómo exactamente es que el compartir con delfines mejora el autismo, una enfermedad incurable, aún no tiene respuesta cierta. Son más las preguntas que las respuestas en este momento, aunque, a juzgar por la gran cantidad de familias europeas que acudieron este verano al centro de la doctora Lukina, el tratamiento ofrece la esperanza de que ayuda a aminorar de algún modo algunas de las condiciones de la enfermedad.

Primera hora
22/10/2007

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