Tomás ha conseguido cambiar los sonidos y las palabras aisladas por frases y está logrando seguir las indicaciones que le dan en el colegio. Esta evolución se ha producido pocos meses después de que fuera diagnosticado de la patología que realmente padece, algo que a sus padres les ha costado mucho tiempo y esfuerzo. La madre de Tomás hace una llamada de atención a los padres que puedan tener niños con trastornos del desarrollo e insiste en la necesidad de que el tratamiento sea el adecuado cuanto antes.
M. J. MORA E s una madre y tiene coraje. Sorprende la naturalidad con la que habla del problema que sufre su hijo y el largo proceso que ha tenido que seguir hasta lograr un diagnóstico exacto de su patología. Su testimonio, según reconoce, no pretende que sirva de crítica a nada ni a nadie, sino como llamada de atención a otros padres que puedan estar en su lugar y que se encuentren tan perdidos como ella.
Laura sabe ahora que Tomás sufre una disfasia (trastorno de la adquisición del lenguaje a nivel expresivo o comprensivo) y un mutismo selectivo (dificultad para comunicarse verbalmente en entornos sociales poco familiares o con personas poco conocidas), aunque durante años se pensó que tenía un trastorno generalizado del desarrollo y un problema de madurez. «Llegamos de Argentina cuando Tomás tenía dos años. No hablaba e, incluso, algunas palabras que decía cuando era más pequeño dejó de pronunciarlas. Esta situación se prolongaba cuando el niño cumplió los tres años y ahí comenzó un auténtico peregrinaje por los pediatras que no sabían exactamente cuál era el problema. En ese momento comenzó el colegio y allí, aunque el interés era grande, tampoco sabían detectar qué ocurría ni había ninguna persona que ayudara al niño, aunque yo veía que había algo que no funcionaba, que Tomás no entendía lo que le decías y que, por lo tanto, no era capaz de asimilar las órdenes», explica con una claridad impactante la madre de este pequeño que alaba el trabajo que cada uno de los profesionales hizo para tratar a su hijo, a pesar de que el tiempo pasaba y nadie daba con la clave. «De ahí me remitieron al neuropediatra, pero tenía que esperar diez meses a la consulta y decidimos ir a Valencia. Allí descartaron que Tomás tuviera un problema físico y me remitieron a un psicólogo, una situación que aún me angustiaba más porque no sabía dónde ir ni a quién acudir. Luego fuimos a la Fundación Salud Infantil, donde el trato fue exquisito, pero el diagnóstico tampoco fue concluyente», dice Laura.
La madre recuerda que en ese momento, que el niño todavía llevaba pañales, tomaba biberón y se negaba a ir al colegio, «así es que, erróneamente, decidí sacarlo del colegio durante cinco meses a pesar de que les es vital relacionarse con los demás e integrarse en el entorno. A los cuatro años vimos que Tomás no tenía un dictamen
Laura insiste en que es fundamental que los padres detecten los primeros signos de alarma cuanto antes, porque en estos casos el reloj corre en contra. «Son niños que no te miran a los ojos, no tienen un balbuceo correcto, sufren involuciones en habilidades que adquieren y que después pierden, tienen problemas de lenguaje, no muestran interés por las cosas». Desde mayo Tomás ha cambiado los sonidos y las palabras por las frases. Su madre y varias madres más pretenden asociarse para hacer más fácil el camino a personas como Tomás.
Informacion Alicente
12/11/2007