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Una difícil carrera a prueba de barreras,

Apenas un uno por ciento del alumnado de la Universidad de Laguna presenta algún tipo de discapacidad. Sus condiciones para concluir sus estudios son iguales a las del resto de sus compañeros, el 99 por ciento. Pero les resulta más difícil. No es falta de empeño. Tampoco cuesión de oportunidades. Son barreras que se erigen en el centro y en la sociedad, y que sólo el compañerismo y el afán de superación pueden tumbar.

Según la Organización Mundial de la Salud, "dentro de la experiencia de la salud, una discapacidad es toda restricción o ausencia (debida a una deficiencia) de la capacidad de realizar una actividad en la forma o dentro del margen que se considera normal para un ser humano". Pero es sólo una definición, las palabras con las que algunos a los que se les considera expertos en algo decidieron clasificar un concepto. La discapacidad en realidad va más allá, mucho más lejos, de una restricción o ausencia.

Para valorar un problema de este tipo sólo puede mirarse a las personas que lo sufren, aquellas que cada día se enfrentan a la vida cotidiana con la dificultad de no tener las mismas opciones que el resto. No es lo mismo pasear por una ciudad cuando se debe hacer uso de una silla de ruedas ni es igual asistir a una fiesta cuando no se escucha lo que pasa alrededor. Es en esa diferencia donde se encuentra la esencia de la discapacidad, que toma aún más valor cuando la persona en cuestión lo afronta con esfuerzo, con tesón, con ilusión y siempre con el objetivo de normalizar su vida.

Conocer a personas así cambian las perspectivas de otros, como Javier y Tamara, estudiantes de la Universidad de La Laguna (ULL), que encuentran cada día una barrera en su carrera hacia un futuro laboral pero que hacen de ella una motivación más para seguir adelante. Ambos sufren una discapacidad desde siempre, no saben lo que es vivir como la mayoría, pero lo intentan. Más aún en la Universidad, esa institución de la que se escriben páginas y páginas acerca de sus problemas pero que deja casi en el olvido la accesibilidad. Javier lo resume: "Sólo muestran interés en resolver una situación cuando se les presenta un problema concreto, no tienen capacidad de previsión para hacer las cosas más fáciles a personas como nosotros".

El joven lo sabe bien pues lleva cuatro años sufriendo cada vez que debe acercarse a la sede de Servicios Asistenciales, ubicado en el Edificio Central. Llegar hasta allí en su silla de ruedas es una odisea, máxime si se tiene en cuenta que debe atravesar varias pendientes adoquinadas: "Llego arriba siempre sudando", asegura. Se trata de un solo problema de otros tantos que Javier y el resto de estudiantes de la ULL con algún tipo de discapacidad motórica debe soportar en el centro docente.

Es cierto que hay edificios con rampas y ascensores pero como suele suceder en casi todos los casos, pesa más lo que falta. "El Campus de Guajara está mucho mejor, pero si yo hubiera querido estudiar una carrera de Ciencias Experimentales no hubiera podido", explica Javier, en relación a las barreras físicas que le supondría acudir al Campus de Anchieta.



En primera fila



Cualquiera que haya estudiado en la Universidad de La Laguna puede pensar que, al margen de edificios llenos de escaleras, entre los principales problemas que se encuentra un alumno en silla de ruedas es la distribución de muchas de las aulas. Las gradas escalonadas pueden ser una dificultad para personas con discapacidad motórica pero son, en este caso, un ejemplo más de las situaciones a las que Javier ha plantado cara. En cada aula de estas características, el joven dispone de una mesa propia, ubicada al principio de las escaleras, "por lo que siempre me toca estar en primera fila". Es una solución, aunque el estudiante afirma que "menos mal que no soy una persona tímida que prefiera estar detrás".

Su estancia en el Colegio Mayor San Fernando también ha conllevado mejoras para él y otros alumnos con dificultades similares. "Al principio no podía poner la lavadora porque la entrada a la lavandería no estaba adaptada, pero ya lo han arreglado", explicó el estudiante quien añadió que "el baño de mi habitación también está adaptado". Sin embargo, entre sus principales dificultades se encuentra el servicio de transporte: "Ahora con el tranvía va mucho mejor, pero aún así tendrían que adaptar las guaguas del circuito universitario". De hecho, asegura que "durante el primer curso, tenía que bajar en taxi y después me abonaban las cantidades".

Afortunadamente, el joven sabe desenvolverse, porque de no ser así la situación sería bien complicada. Es natural de Gran Canaria, a donde espera volver algún día, pero recaló en la ULL puesto que era la única manera de cumplir su sueño de dedicarse a la Psicología, "y a la Península me hubiera resultado muy complicado irme", añade. Aún así, la diferencia orográfica de ambas islas si que se ha convertido en una complicación: "Me impactó mucho Santa Cruz cuando llegué, tantas cuestas son todo lo contrario a Las Palmas de Gran Canaria".



visiones más pesimistas

No cabe duda de que el ansia y las ganas de Javier han incidido en su forma de analizar lo que le rodea, pero hay otras visiones más pesimitas acerca de la accesibilidad en la institución académica. Es el caso de la Asociación de Personas con Discapacidad y Amigos de la Universidad de La Laguna (Aulled), que lleva algo más de un año luchando por eliminar todas las barreras que los estudiantes puedan encontrar. La presidenta de este organismo, Yasmina Cabrera, resume esta situación como "una auténtica locura", al menos en lo relacionado con las barreras arquitectónicas.

Al margen del Edificio Central, el recinto que se conoce como escuela de Magisterio "es el mejor ejemplo de lo mal que están las infraestructuras: no tienen ascensores, un alumno con silla de ruedas no puede pasar de la planta cero. Es una ratonera". "Al menos hay aparcamientos reservados", suspira Yasmina, quien explica que "estamos intentando presionar a la Universidad para que vaya arreglando todo aquello que encontramos, pero no es fácil". Así, señala que "el problema lo encontramos ahora mismo con el nuevo edificio para el alumnado que está en Guajara, cuyos ascensores no funcionan y desde la Universidad nos dicen que no pueden hacer nada".

"Queremos cambiar la situación de los discapacitados en la Universidad", asevera la alumna, quien entiende que "otro gran problema ahora mismo se produce con los estudiantes con discapacidad auditiva". Según la joven, que precisamente tiene dificultades de audición, "sólo hay cinco intérpretes en toda la Universidad, y esa cantidad no da para nada".



Siempre con la intérprete



Tamara es otra de las estudiantes de la Universidad lagunera con discapacidad auditiva. Desde pequeña, no escucha nada de lo que pasa a su alrededor, pero ha logrado llegar hasta los estudios superiores para cursar Magisterio en Educación Infantil. Su intérprete la acompaña siempre, es a ella a quien debe mirar cada vez que los profesores imparten las clases, aunque la joven, ya ducha en la lectura de los labios, intenta mirar al docente para entender lo que dice.

En el ámbito académico, Tamara no encuentra problemas y dice que todos los profesores son comprensivos con su situación y agradece el esfuerzo de sus compañeros, "que incluso intentan aprender lengua de signos", explica. Como Javier, Tamara no conoce una vida diferente, por lo que su empuje ha sido básico para adaptarse. "Al final, mi esfuerzo es el mismo que el de mis compañeros de clase", asegura, modestamente, la alumna.

En cualquier caso, Tamara asegura que "a muchos estudiantes sordos les gustaría que el profesor también supiera lengua de signos, pero a ellos les costaría dar las clases así". Por eso, su método de comunicación se queda entre su inseparable intérprete y ella. Con una dicción casi perfecta, la joven explica que su futuro profesional tiene su base en la discapacidad que padece: "Quiero enseñar a los niños a que no nos tengan miedo".



Incomprensión docente

Pese a que tanto Tamara como Javier aseguran que han recibido el mayor apoyo posible por parte del profesorado, Yasmina señala precisamente a los docentes como parte de los problemas de la Universidad. No es una situación generalizada, pero explica que lo peor que le puede pasar a un estudiante con discapacidad es encontrarse a un profesor incomprensivo. "Nos ha ocurrido a muchos, desde docentes que no saben como hablar con personas con discapacidad auditiva a profesores que no ofrecen a los estudiantes con discapacidad visual sus programas para que puedan ser adaptados a braille", lamenta Yasmina Cabrera.

Para la joven, es una cuestión de falta de información, por lo que uno de los principales esfuerzos de Aulled es ofrecer a toda la comunidad universitaria y la población en general su perspectiva de la discapacidad. "Es necesario informar y comunicar cuál es nuestra situación para que nos comprendan", añade la joven, quien lamenta, no obstante, que "el principal escollo de la asociación es la falta de financiación".

http://www.laopinion.es
9/01/2010

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