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¿Estimulación temprana... o no?

Han leído ustedes un reportaje sobre esas nuevas teorías que revolucionan el modo de educar a los bebés? Y no se olviden, he dicho bebés. Por si no se las han tropezado, les expongo algunas de las ideas más significativas que nos lleven a centrar el tema, y para ello interpreto las palabras del americano doctor Glem Doman quien dice que su método "no pretende que el niño repita o memorice, lo que buscamos es crear nuevas conexiones y circuitos neuronales, dotar al niño de habilidades que le sirvan para toda la vida y crear en él nuevos intereses a la vez que satisfacemos su enorme curiosidadÉ". Visto así y en principio, parece razonable y atractivo. Pero luego se habla de comunicación por signos antes de aprender a decir "mamá", clases de inglés a partir de los tres meses, matemáticas desde los dos años, todas las actividades son en inglés y en español, ¡clases de cocina para críos que aún se alimentan de potitos! y el MBA (que perdonen mi ignorancia, no sé qué puñetas es, ¿algún master?) para niños de tres años con lecciones de economía y administración de empresasÉ Incluso hay ejercicios para la comunicación con el feto, presionando la barriga de la madre hasta que el no aún nacido responda con una patadaÉ No me extraña, como que estará hasta los huevines de que le pisen el cordón umbilical.

Y yo, ante todas estas propuestas, con una sonrisa un pelín escéptica -aunque no destructora- me acuerdo de la abuela Mercedes, ya verán más adelante por qué razón.

Puede que tengan algún fundamento todas estas teorías si las conociéramos en profundidad y con toda la cautela que exige lo novedoso (tanto el método Doman como el sistema Gardner de inteligencias múltiples, el baby signing de la comunicación no verbal, Kumon para las matemáticas, música según el método Suzuki o Tomatis, el inglés con Helena Doron, sin contar con los extras que ya mencioné de las clases de cocina y esas otras que, por ser tantas, las dejo en el aire), pero no me negarán si así, de sopetón, a uno no le levantan la boinaÉ; y si descubrimos que la matrícula, en cada actividad, cuesta 2.000 euracos de vellón, la boina se nos va al suelo. Y no se olviden vuecencias de que seguimos hablando de bebésÉ

Permítanme ahora un clarificador salto en el tiempo, porque la historia siempre se repite: hubo en los años 60 del pasado siglo una moda procedente también de los Estados Unidos que aunque no tan extremosa, vino a revolucionar el mundo de la educación infantil desde el momento de nacer. El doctor Spock fue quien dirigió a todo un tropel de madres inexpertas aconsejándoles métodos bastante espartanos, y durante una larga década, los bebés lloraron desconsoladamente en sus cunas para que sus futuras "personalidades" no sufrieran malformaciones psicológicamente indeseadas.

Mientras tanto, he aquí a la abuela Mercedes, una mujer mayor y por su larga experiencia sabia, moviendo la cabeza como quien disiente.

Aconsejados por el tal doctor, se les suprimió a los pequeñines su divino chupete en aras de salvaguardar una dentadura que debía crecer pareja; luego cayó la reconfortante mantita, el osito, la muñecaÉ en fin, parecía que estábamos educando a los súbditos del Gran Khan en cuyo destino no cupiera la derrota. Y las madres creíamos en él, menos, claro, la pertinaz abuela Mercedes. Años más tarde me enteré de que el tal doctor Spock se había desdicho públicamente de todas sus férreas teorías y confieso, Dios le confunda, que me llevé un chasco espantoso. ¿A que iba a tener razón la abuelita? "Por algo se inventaron las nanas -decía- y por algo son tan dulces y bellas. El niño, arrullado por una canción y un regazo, se siente tranquilo y se duerme. ¿Qué otra cosa se espera de él? ¡Tanta innovación! En un ser tan chiquitín no hay más que hambre y madre".

Y yo, ahora que ya soy abuela, también me inclino de alguna manera a pensar que no puede haber nada tan reconfortante para el bebé como la voz cálida de su madre hablándole de lunas, estrellas y hermosos sueños que vienen con el vaivén de una mecedora que marca un tiempo sin agresiones. "Que las teorías se queden en los libros y las nanas en el aire derramándose sobre las cunas y creando paz. La cuestión es evitar lágrimas innecesarias, y mejor si es a golpe de canción". La abuela Mercedes dixit.

Pero también pienso que todos esos hallazgos sobre el cerebro humano tendrán un fundamento científico, no lo dudo, y si lo tienen es que están en el gran y exhaustivo catálogo que posee la madre Naturaleza -como lo están los circuitos neuronales, conocidos desde hace poco- y que, como la abuelita, pide mesura y uso ponderado de lo que ella, la Naturaleza, nos va ofreciendo a medida que estamos preparados para entender su uso. Así sucedió con Freud y su teoría de "todo está en el sexo" que sus discípulos se encargaron de limar, dejándola más puesta en razón.

Pero lo que me preocupa es que el hombre de hoy se haya transformado en un caballo desbocado que ha olvidado disfrutar de la carrera, y ansiando una medalla de falso oro, se embelesa con el griterío que viene de las gradas. Es la fama. En otros casos es la codicia del dinero. Por cierto, en España ya nos han llovido docenas de franquicias dispuestas a ganar un buen "parné" aprovechando el empujón de una moda que tiende a la hiperestimulación de las criaturitas que, si las dejaran con su instinto para estimularse solitos, y con la ayuda de unos padres responsables y cariñosos (y abuelos, claro, y abuelos) pueden llegar a ser grandes "lo que sea" razonablemente felices. ¿Es que tras de tanta novedad hay básicamente un sustancioso filón de oro? ¿Cuándo aprenderemos a valorar lo que nos hace dichosos o, por lo menos, lo que nos deja el alma tranquila?

La verdad es que no acabamos de aprender a disfrutar del camino a Ítaca, que nos ofreció la posibilidad de tan estupendos paisajesÉ

En finÉ ¿valdrá la pena morirse estimulados, o tal vez más tranquilos?

http://www.diarioinformacion.com
20/09/2010

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