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Dislexia: un trastorno que dificulta la escolaridad

“No mirás televisión, no vas al campamento, te quedás sin postre, no salís con tus amigos”. Rosa Carreras se arrepiente de las penitencias que le impuso a su hijo mayor porque, supuestamente, era “vago” para el estudio. “Hasta le negué la compra de unas zapatillas nuevas con tal de que se esfuerce más en la escuela”, confiesa esta mamá de Santo Tomé que -como tantos otros padres- descubrió muy tarde que su hijo padece “dislexia”, un trastorno de aprendizaje que dificulta la lectura y la escritura.

Un estudio realizado entre 2009 y 2010 por la Universidad Nacional del Litoral (UNL) y la Asociación Aprendamos, que nuclea a padres de niños disléxicos, sostiene que en la ciudad de Santa Fe existe una prevalencia del 15 % de la población escolar con este trastorno, un promedio de 4 alumnos por grado. Si bien en la Argentina no hay estadísticas, el dato obtenido en ese trabajo local (se hicieron test a 368 niños de 3º grado de escuelas privadas) coincide con los valores de referencia de un país limítrofe, Uruguay.

La dislexia es también el trastorno de aprendizaje más común. De 5 chicos con algún problema para aprender, 4 son disléxicos.

“Es un trastorno neuropsicológico que ocasiona dificultades en la lectura, la escritura y el aprendizaje en general, en niños con inteligencia normal. Hay una cuestión orgánica en la persona disléxica que hace que el cerebro funcione distinto para procesar y reconocer las letras”, define la psicopedagoga Marcela Mendicino, integrante de la Asociación Aprendamos y especialista en el diagnóstico de este trastorno.

Según asegura, “se demostró científicamente que el cerebro de la persona disléxica es distinto, tanto en su arquitectura como en su funcionamiento”.



Escolaridad traumática

Lo habitual en las escuelas es que se le diga a los padres que sus hijos no avanzan en el aprendizaje de igual forma que el resto, que son lentos o que están en su propio mundo. Pero en realidad muchos de ellos tienen dislexia sin que nadie lo sepa porque no fueron diagnosticados.

Gabriela Morcillo, presidenta de Aprendamos, relata su experiencia. “En el jardín, mi hija María Belén era una nena muy tranquila, paciente; las maestras no se dieron cuenta de que se aislaba. Me decían que ella vivía en su mundo, pero en realidad, como no podía captar lo que le estaban enseñando, estaba siempre a un lado”.

Cada chico procesa la frustración de no entender y de no poder avanzar en el estudio con distintas conductas. Algunos se evaden y aíslan, otros se ponen agresivos, hay niños que se hacen los payasos en el grado.

Ya en la primaria, esta mamá se pasó pidiendo todos los días a los otros padres la consigna de las tareas porque su hija no alcanzaba a copiar del pizarrón. “En segundo grado comenzamos a ver que podía avanzar un poquito más. Estuvo bien hasta que empezamos a estudiar las tablas de multiplicar. Nos pasábamos 5 horas estudiando y llegaba la noche y ella no sabía nada. Además, la maestra me decía que era lenta, que no entendía las explicaciones, que se olvidaba de las cosas”, recuerda Morcillo, que llevó a su hija a la psicopedagoga y luego de varias sesiones, recibió el diagnóstico de dislexia.

“La primera premisa del docente es que el niño no quiere aprender, cree que con una maestra particular, con un machaque y refuerzo lo puede lograr. Pero eso no es así, porque hay una cuestión orgánica en juego”, aclara Mendicino.



Autoestima



Patricia Olivera, vicepresidenta de Aprendamos, tiene 4 hijos, dos con dislexia. Manifiesta que la escolaridad de uno de ellos, Juan Pablo, fue “traumática”. En segundo grado, no terminaba de copiar las tareas, era el “disperso” del salón, el que siempre estaba en las nubes; hasta recibió medicación un par de años. “Tenía un trastorno de atención que fue solucionando con tratamiento psicopedagógico hasta que saltó el problema de base: la dislexia”, cuenta.

Olivera cambió a su hijo de escuela en busca de docentes más flexibles, que entendieran el problema. Recordó que al inicio de 5to grado, una maestra pidió a los alumnos que contesten 10 preguntas diagnósticas y Juan Pablo puso cualquier cosa con tal de cumplir. “Se sacó un 1 más grande que una casa y lo querían hacer volver a 4to grado”, recuerda esta mamá, a quien le quedó grabado ese recuerdo.

En casa, el chico contaba historias fantásticas o dibujaba increíblemente lo que vivió en sus vacaciones, pero en el salón de clases su voz ni se escuchaba. Juan Pablo ahora está en la universidad y estudia Arquitectura, siempre luchando por superarse.

Mendicino sostiene que el primer tratamiento para la dislexia es devolverle la autoestima al niño y sacarle la idea frustrante de que no puede aprender. “El chico con dislexia es inteligente y a veces hasta más creativo que el resto porque no está tan limitado por la estructura lingüística”, destaca la psicopedagoga. Advierte que el gran reto es hacer un diagnóstico temprano para evitar la repitencia, el fracaso o la deserción escolar.



Con ayuda, se puede



Rosa Carreras temió vivir con Máximo el mismo calvario escolar que con su hijo mayor, Nicolás. “Los números los escribía al revés, le costaba separar una palabra de la otra, tenía dificultades para copiar del pizarrón. Llamé desesperada a una de las maestras de mi primer hijo y le dije: vos sabés que se repite la historia. Ella me dio la dirección de Aprendamos y ahí descubrí que Máximo tenía dislexia. Advertimos que mi hijo mayor también tiene lo mismo, sólo que no lo supimos, no recibió tratamiento y sufrió terriblemente la escuela, entre amenazas y retos porque la maestra me decía que él era vago”, expresa.

En la asociación, esta vecina de Santo Tomé aprendió que la dislexia no es una enfermedad y, por lo tanto, no hay medicina ni cura. Pero también se enteró que con tratamiento profesional y con ayuda de los padres y de los docentes, los chicos pueden mejorar y encontrar estrategias para lidiar con el trastorno.

Con un ejemplo simple, Carreras explica la diferencia de recorrido que hace un niño con dislexia de otro que no la padece. “Es como si dos personas de Santo Tomé quisieran encontrarse en Santa Fe, y mientras una viene por el Puente Carretero, la otra lo hace por la Tatenguita. Esta última, que vendría a ser el chico disléxico, tardará más tiempo pero también llegará a destino”, concluye.

Una institución dedicada a la difusión y tratamiento

APR3NDAM OS. El nombre de la asociación está escrito como lo hubiera hecho un chico con dislexia. La institución comenzó a gestarse en junio de 2007 cuando en la ciudad de Santo Tomé se reunió por primera vez un grupo de padres de niños y adolescentes con diagnóstico de dislexia, convocados por la psicopedagoga Marcela Mendicino. El objetivo fue compartir experiencias y aunar esfuerzos para que se conozcan los alcances de ese trastorno.

“Cuando nos empezamos a reunir, enseguida surgió cuál es el mayor problema con el que nos encontrábamos: la falta de conocimiento sobre la dislexia. Entonces, comenzamos a organizar charlas para docentes y público en general. Luego gestionamos la personería jurídica y nos conformamos como asociación en abril de 2008”, recordó Gabriela Morcillo, presidenta de Aprendamos.

La entidad sin fines de lucro funciona en un espacio prestado por la Municipalidad de Santo Tomé. Se sostiene con un mínimo aporte de los padres, con la realización de eventos benéficos y el trabajo ad honorem de los profesionales. Este año, atendió a 40 chicos con dislexia. “No tenemos conocimiento de que exista en el país otra asociación que se ocupe exclusivamente de este trastorno”, señaló Morcillo.

La actividad de Aprendamos fue creciendo al ritmo de la demanda. Realiza reuniones con padres, lleva adelante talleres de conciencia fonológica, juegos motrices, plástica y técnicas de estudio con los chicos disléxicos, dicta charlas en las escuelas y asesora a docentes e imprime folletería informativa. También ofrece tratamiento clínico a chicos con dislexia, gracias al trabajo gratuito de las psicopedagogas Lara Dolfo, Agustina Gasser y María Flavia Losinno, la psicóloga Roxana González y la terapista ocupacional Liliana Voisard.

Rosa Carreras, mamá que asiste a la asociación, resaltó que a su hijo lo atiende una psicopedagoga que viene gratuitamente desde Esperanza. “Lo trató durante 3 meses, fue a la escuela a hablar con la maestra y le fijó pautas para que él pueda avanzar en la escuela. En la asociación me siento respaldada”, destacó.



Síntomas comunes

La psicopedagoga Marcela Mendicino señala que el docente es el “gran detector” de la dislexia y que tanto él como los padres deben estar atentos a los síntomas más comunes de este trastorno: la escritura en espejo, la inversión de letras y números, las omisiones, sustituciones y uniones de palabras, las dificultades de comprensión lectora, la desubicación espacial (no respetar el renglón, por ejemplo), la diferencia entre el desempeño oral y escrito, la repitencia de errores ortográficos sin poder subsanarlos.

“Desde lo cognitivo, tienen dificultades para procesar todo lo que es secuencial y la obtención de datos lingüísticos rápidos. Tal vez llegan al resultado de 2x2 es igual a 4, pero sumando con los dedos; les falta ese “imput” inmediato que los otros tienen. Presentan dificultades con las tablas de multiplicar, también con las eras geológicas, con los días de la semana, los meses del año, para buscar una palabra en el diccionario; todo lo que es secuencial”, explica la especialista.

Una vez que el niño con dislexia llega al psicopedagogo, el profesional hace un diagnóstico diferencial. Despeja que no haya un problema intelectual, emocional o sensitivo grave que esté obstaculizando el aprendizaje. Recién después, hace foco en la dislexia para la cual hay un tratamiento clínico específico. “Trabajamos con la conciencia fonológica; con la memoria operativa para que pueda ir leyendo, sostener y comprender lo que sigue; con el principio alfabético”, detalla Mendicino

http://www.ellitoral.com
13/02/2012

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