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El Parkinson en casa

Manuel Gutiérrez era un tipo reservado y de fuerte carácter, «al que todo el mundo quería». Rufina le ama con locura. «Era de esos hombres que estaba siempre pendiente de ti. A veces, en exceso, porque le gustaba que yo estuviera siempre en casa a la hora en que él volvía -y lo cierto es que se enfadaba mucho si no lo hacía-, pero me volvía loca. Tenía muchos detalles conmigo. Joyas, flores, me llevaba a comer por ahí, viajábamos juntos... Era un hombre muy atento». Hace 18 años, Manuel sufrió una trombosis de la que nunca llegó a recuperarse del todo. El Parkinson llegó un año después. Y a partir de ahí, todo lo demás. El hombre comenzó a deteriorarse de manera lenta, pero constante; y su esposa, su compañera de vida, asumió también el papel de principal cuidadora.

Rufina Núñez, 'Rufi', como todos la conocen en Basauri, tiene 68 años. El Parkinson de su marido le sorprendió cuando tenía 50, siete menos que él. No fue la mejor manera de aprender que son muy pocos los que desarrollan la enfermedad antes de los sesenta y que Manuel era uno de ellos. «Fue terrible. La mano derecha se le quedó inmovil y le dio un ligero tembleque. Ví que tenía también dificultades para hablar, así que decidimos consultar a un especialista», relata la mujer.

La medicación les permitió vivir unos años de relativa normalidad. «Aparentemente todo iba bien. Caminaba despacio, pero respondía al tratamiento fenomenal. Sentíamos que el problema estaba bajo control». Pero no era cierto. El mal continuaba su avance imparable.

Petición de ayuda

Ocurre siempre. Pasado un tiempo, cuando los medicamentos pierden su efecto inicial y la realidad gana terreno, la enfermedad estalla con toda su violencia. «Hace cuatro años le operaron del estómago y se deprimió. Quedó muy incapacitado y el mundo se le vino encima. Desde entonces fue a peor: ya no siquiera habla y cuando lo intenta, lo hace con mucha dificultad».

Manuel no es de los pacientes que sufren esos temblores que son tan característicos de la enfermedad de Parkinson. Sus síntomas son, sin embargo, de libro. Movimientos lentos, músculos que padecen rigidez... Su rostro ha perdido la expresividad que cautivó a 'Rufi' y ya necesita de ella hasta para realizar actividades tan cotidianas como abrocharse los botones de la camisa, vestirse o afeitarse. Para vivir.

Cuando camina, arrastra las piernas y anda con pasitos cortos que, de pronto, se vuelven más rápidos. A menudo, parece que va a tropezar y que de un momento a otro va a darse de bruces contra el suelo del pasillo de la casa. Rufina, de hecho, ya ha tenido que levantarle en más de una ocasión. «Tenemos tres hijos, pero vivimos los dos solos desde hace tiempo. Así que, alguna vez, ya he tenido que avisar a un vecino para que me ayude a ponerle en pie».

Después de 18 años viviendo con el Parkinson, 'Rufi' no se desespera. «Nunca me he creído una mujer fuerte. Lo que pasa es que soy de buen conformar». Aunque se lo calla, ocurre también que ella es una mujer como tantas de su generación. De esas que fueron primero hijas obedientes, luego esposas sacrificadas y por último abuelas entregadas, pensando siempre en facilitar las cosas a sus hijos. «Siempre que me quedo a solas, pienso en lo mismo: si hubiera una medicación que lo mejorase . Sé que no la hay. Sé que algún día, muy pronto, Manuel se quedará para siempre en una silla de ruedas o en la cama, pero ni me lo planteo. ¿Qué voy a hacer! Que sea lo que Dios quiera».

A veces, se produce el milagro. Por alguna razón que 'Rufi' no se explica bien, en ocasiones el Parkinson de Manuel se desbloquea y le entran a su marido unas ganas irresistibles de bailar. Lo hace tan bien que cuando se pone a ello nadie sospecharía la enfermedad que tiene. «El año pasado, por fiestas -recuerda su esposa-, estábamos sentados en un banco de Los Miradores y, de pronto, pasó una fanfarria. Él se levantó y me dijo 'Vamos a bailar'. ¿Qué bien lo hace! Enseguida, la gente nos rodeó y todos se quedaron mirándonos. Fue muy emocionante».

Armas de mujer

Cuando el Parkinson entró en la casa de los Gutiérrez, hace casi dos décadas, 'Rufi' tuvo que cerrar el puesto de helados que tenía en Basauri para dedicarse por entero a su marido. Cuenta que ha vivido desde entonces «tiempos muy duros, especialmente en los últimos años», que ha sobrellevado gracias a las que en este tiempo han sido sus tres mejores armas contra la enfermedad.

La primera, su carácter.

-«He seguido saliendo a la calle, he intentado sentirme siempre viva y me he desahogado con mis hijos. Sobre todo con Raquel, la pequeña, que como pasa más tiempo conmigo es con la que me confieso. Creo que siempre ha sido el ojito derecho de su padre».

La Asociación de Parkinson de Vizcaya también le ha ayudado a reforzar sus defensas cuando se venían abajo.

-«Nos han acompañado siempre. En la agrupación, tienen servicios de logopedia, de gimnasia, masajista, que vienen de maravilla para el afectado y que permiten al familiar liberarse de la inacabable tarea diaria que es el cuidado del enfermo».

Y sobre todo, gracias también al amor.

-«Estaba muy enamorada de Manuel. Mis hijos suelen decirme que le quiero tanto que no veo sus defectos. No era un hombre de expresar mucho sus sentimientos, pero me quería. A su manera, me quería...».

A menudo, Manuel pasa su tiempo sentado en el salón de su casa. Rufi cuenta orgullosa que a veces se incorpora con dificultad y ella, nerviosa, le pregunta: «¿Qué quieres? ¿A dónde vas?». «A darte un beso», contesta él con su voz agotada. «Casi nunca le entiendo lo que dice, pero un solo beso suyo llena todo mi corazón».

Fuente: www.elcorreodigital.com


14/04/2004

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