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Realidades de la tercera edad

En el mes de junio próximo llego a cumplir 69 años de existencia, e inicio mi año número 70, bastante bien –digo yo- a pesar de las manifestaciones de desgaste físico propias de un cuerpo que se deteriora sistemáticamente con el transcurrir de los años, y del desgaste mental propio de los viejos: pérdida de memoria inmediata, quedarse durmiendo largas siestas, repetir los mismos temas varias veces a una audiencia cada vez menos paciente, y ser medio majadero con las pequeñas rutinas diarias.



Lo que no reconocen la mayoría de los libros que tratan sobre la tercera edad, que abundan sobre tópicos fisiológicos y mentales, es que la vejez trae consigo una considerable dosis de aburrimiento, sobre todo si uno ya ha cumplido con lo que razonablemente se espera de un ser humano durante su existencia. Y si uno no ha desarrollado alguna afición desde antes, que lo mantenga entretenido cuando no hay nietos de por medio alterándolo todo a nuestro rededor, las consecuencias pueden ser bastante negativas.



Cumplir setenta años debe tener un significado especial, digo yo, porque hay mucha gente que no llega a estas edades. Y ello lo menciono por la considerable cantidad de personas que he conocido en mi vida y que ya han muerto, sin haber llegado a esa cifra.



Es importante tomar en consideración que en la vida las metas se establecen siempre en contextos temporales. Por ejemplo, cuando la gente percibe el tiempo como amplio o expansivo, como generalmente se ve en la juventud, entonces se enfoca en prepararse para el futuro. En cambio, cuando la gente percibe límites en el tiempo, entonces dirige la atención hacia los aspectos emocionalmente significativos de la vida, tales como el deseo de llevar una vida con sentido, de tener relaciones sociales emocionalmente profundas y de sentirse socialmente interconectado. La teoría de selectividad socio-emocional sostiene que la gente le pone un valor mayor a las metas emocionalmente significativas a medida que envejece e invierte más recursos cognitivos y sociales en obtenerlas. Este cambio en la motivación hacia metas emocionales promueve la regulación emocional.



El envejecimiento trae consigo o al menos deja ver una capacidad de auto-regulación emocional. Tal parece que la consciencia del poco tiempo que nos queda nos hace enfocarnos o sesgar nuestra atención hacia la información positiva del ambiente, todo en pro del bienestar emocional.



La paciencia del abuelo o abuela, el trato cortés de un funcionario adulto mayor, los consejos equilibrados que a veces damos los viejos tomando en consideración elementos que personas más jóvenes no tomarían en cuenta, son cosas que lo ilustran.



¿Tenemos siempre dentro de nosotros, escondida, esa capacidad de auto-regulación? ¿Es fruto de tantos golpes y experiencias? ¿Es una cualidad que se expresa por primera vez en la vejez? ¿Es lo que se conoce como sabiduría? ¿Tiene que ver con "más sabe el diablo por viejo que por diablo"? Todas estas son preguntas que nos surgen a partir de estas ideas del efecto de positivismo en la vejez.



En cierta ocasión dijo Unamuno que todos los seres humanos «sentimos un ansia de no morir», «un hambre de inmortalidad», «un anhelo de eternidad». Desde siempre, el ideal de la humanidad ha sido la búsqueda de la inmortalidad, impedir el envejecimiento, derrotar a la muerte.



Tal vez sea por esta obsesión del ser humano por la muerte que durante mucho tiempo ha prevalecido una visión sobre el último tramo de la vida que la ha identificado con el deterioro y el declive físico. Es evidente que cuando envejecemos se producen una serie de cambios fisiológicos indiscutibles: el diámetro de los vasos sanguíneos se estrecha las paredes de las arterias se endurecen y pierden elasticidad, la presión sistólica aumenta en un 20-25%.



Aproximadamente a partir de los 50 años se produce un declive en la secreción de la hormona del crecimiento, lo que hace que los músculos se encojan y la grasa aumente (glándula pituitaria e hipotálamo). La masa muscular disminuye (bien es verdad que en parte por falta de ejercicio). El rendimiento cardiovascular es menor. Los huesos empiezan a debilitarse (después de los 40) por efecto de la osteoporosis (especialmente en las mujeres que sufren una mayor degeneración ósea). EI timo empieza a encogerse, por lo que la respuesta inmune va disminuyendo poco a poco. También se ve afectada la secreción de determinadas glándulas adrenales como la DHE (dihidroxiepiandrosterona), algunas de as cuales se encargan de ralentizar el cáncer y estimular la inmunidad y la producción de cortisol, que es la hormona del estrés, aumenta (sobre todo a partir los 70).



Se producen también otros cambios físicos que son aún más visibles y que afectan por ejemplo a la caída o encanecimiento del pelo, la disminución de la agudeza visual y auditiva o la pérdida de olfato, la deformación de la cara y la aparición de arrugas...



Muy próxima y de modo paralelo a la visión de la vejez como deterioro, durante mucho tiempo ha estado vigente (lo está aún hoy) una visión que conceptualiza la vejez en tanto que ruptura social.



Podría decirse que la base teórica de esta visión procede de dos de las teorías con mayor arraigo en el campo de la Gerontología y que presentan innegables implicaciones para la teoría y la práctica educativa en la vejez. Nos referimos a las Teorías del Rol y de la Desvinculación social. En ambos casos se ha considerado el envejecimiento como una forma de distanciamiento social y como un proceso de pérdida progresiva de funciones y papeles sociales.



En primer lugar, la utilización de la Teoría del Rol en gerontología apunta la idea que la perdida y el cambio de algunos roles a lo largo del ciclo vital puede acarrear importantes desajustes personales y sociales en individuos de edad avanzada. En especial, el abandono del rol de trabajador supone, de un lado, la pérdida de los «beneficios» asociados al desempeño profesional (contacto personal con compañeros y colegas, estimulación física y mental, estructuración temporal y espacial, expectativas de futuro, mayores Ingresos económicos...) y por otro, implica asumir sus efectos más negativos (principalmente la internalización de las normas y expectativas vinculadas al rol de jubilado o pensionista).



Se entiende en consecuencia que esta situación puede conducir a un proceso de desestructuración vital, consistente en la pérdida de las señas de identidad social y personal. En definitiva, se considera que la carencia del desempeño de determinados roles (en especial los relacionados con el mundo laboral) tiene un efecto negativo sobre la totalidad de la vida de los jubilados y dificultan su adaptación vital, y termina por ejercer unos efectos negativos inmediatos que hacen disminuir los niveles de autonomía personal y de pertenencia social y aumentan los de dependencia familiar social, llegando incluso al desarrollo dé sentimientos de insatisfacción personal, de ansiedad o depresión.



Por su parte, la denominada Teoría de la Desvinculación explica un doble proceso de carácter individual y social que converge sobre el mismo punto: el distanciamiento gradual y progresivo de los viejos de otros sectores de población de menor edad. Por un lado, el individuo mayor paulatinamente va orientando su conducta y sus preocupaciones más íntimas hacia sus intereses particulares en un proceso de introspección que le hace sentirse menos obligado con los sistemas sociales y familiares a los que pertenece, siguiendo todo un proceso de interiorización que en ocasiones se expresa en forma de una mayor espiritualidad, mayor interés religioso 0 incluso en forma de egocentrismo. Al mismo tiempo y de manera complementaria, la sociedad no sólo acepta este proceso como normal y natural, sino que dispone los elementos ambientales e institucionales necesarios para apoyarlo, con objeto de que los viejos no obstaculicen el normal desarrollo económico y social.



EI principal mecanismo institucional que legitima a los individuos para romper lazos y ataduras y abandonar el desempeño de molestos roles sociales es, precisamente, la jubilación laboral. En consecuencia, la vejez como ruptura social significa básicamente asumir la visión de los viejos en tanto que seres faltos de función social y la vejez como una etapa de preparación y antesala de la muerte.



La tercera de las «visiones» recoge algunos de los planteamientos de las anteriores: se trata de una concepción en la que, en el más puro estilo funcionalista, se percibe la vejez como un período de pérdidas y ensimismamiento personal progresivo, y a los jubilados y viejos como una categoría social inferior, constituida por individuos improductivos y poco comprometidos con el desarrollo de la comunidad, con dificultades de adaptación a los rápidos cambios y a la evolución social, y que supone por tanto una carga para el conjunto de la sociedad.



Esta visión presenta a los jubilados con serios problemas económicos y de adaptación y, en consecuencia, con importantes índices de dependencia hacia los demás (familia, servicios de asistencia pública pensiones...), dependencia que es aún más acusada en la cuarta edad, en la llamada por algunos como ancianidad profunda.



Este tipo de dependencia tiene como origen varias causas. En primer lugar, algunos factores como la anticipación de la jubilación (por efecto de los nuevos sistemas de producción), la prolongación de la juventud y la adultez hasta edades bien avanzadas, junto con unas mejores condiciones de vida, de alimentación y cuidados, hace que la gente llegue a la vejez en mayor número y en mejores condiciones que las de generaciones pasadas. A1 aumentar el número de sujetos que forman parte de un grupo determinado de edad, lógicamente aumenta el número y la complejidad de todos los problemas asociados al mismo.



En segundo lugar, el desarrollo industrial y la concentración urbana de la mayor parte de la población, en términos absolutos, ha generado, desde hace ya bastantes decenios, formas de residencia y formas de vida en las que los ancianos quedan marginados. Este hecho se aprecia muy especialmente en las condiciones de las viviendas unifamiliares que, cada vez menos, permiten la presencia física de los abuelos en las mismas. De este tipo de situaciones se deriva muchas veces que la convivencia del abuelo con la familia (hijos, sobrinos...) sea asumida únicamente porque no existen posibilidades materiales de intentar otras alternativas, y el anciano es aceptado como una carga, máxime cuando las necesidades económicas de la sociedad actual obligan prácticamente a todos los adultos a dedicarse a actividades de formación o laborales, y no queda nadie en la familia que pueda cuidar a los mayores.



Puede decirse como conclusión general al análisis anterior, que hoy día persiste una visión dual sobre el envejecimiento y la vejez: una considerable discriminación contra los viejos frente a una aparente exaltación de sus capacidades para seguir creciendo como individuos.



En el primer caso, el cambio social y cultural que caracteriza a la sociedad actual genera modos de vida en los que no caben ni los viejos ni los enfermos. Por eso se les oculta o disfraza con objeto de silenciar este abandono. Por ejemplo, muchas familias tratan de ocultar a los niños la vejez, sobre todo si es decrépita o se acompaña de una enfermedad degenerativa (esto es especialmente comprobable en familias con algún anciano senil o con Alzheimer).



En el segundo, la Gerontología, en cualquiera de sus ramificaciones, está tratando de pasar de un modelo catastrofista basado en la enfermedad, en la dolencia o en el mal; de un modelo que describe el envejecimiento básicamente como un declive intrínseco, biológicamente fijado, a un modelo contextual, que enfatiza la interacción entre el organismo y sus ambientes externos e internos, concediendo mayor importancia a múltiples factores de carácter físico, social, cultural, histórico económico, a las influencias sociales de la educación recibida y la profesión ejercida, las diferencias por cohorte, la personalidad, etc.



En todo caso, el papel de la educación en la vejez en los albores del tercer milenio se nos antoja decisivo para el cambio de mentalidades que ayude a desterrar definitivamente los modelos de decrepitud a favor de modelos de competencia y de desarrollo, que permita la construcción de patrones de envejecimiento que traten de canalizar intereses, expectativas, limitaciones y posibilidades de desarrollo personal y de interrelación para los mayores.



Si, como señalaba la escritora francesa Simone de Beauvoir, la revolución científico y tecnológica ha dejado a los ancianos sin rol social; si en la sociedad actual (fundamentalmente en los países menos desarrollados) miles de ancianos viven la angustia de la soledad, el abandono, la penuria; si muchos de ellos se consumen en aparcamientos geriátricos (a modo de guetos o «reservas» de diverso tipo, algunos con escaso control institucional, y muchos otros esperan largos años para entrar en ellos; si además la sociedad actual está orientada para los adultos jóvenes; si todo eso es cierto, también lo es que toda esta situación contrasta con el dato que indica que los viejos son cada vez más jóvenes, viven cada vez más años, son más sanos, más cultos, más conscientes... y también más exigentes.



Hay quien dice que la rebelión de los mayores será el gran revulsivo cultural del siglo XXI. Esperaremos a verlo, y en algunos casos, hasta puede que algunos de nosotros seamos protagonistas. Mientras tanto estamos contemplando la rebelión de los jóvenes desempleados, consecuencia de aplicaciones de teorías económicas que han demostrado estar equivocadas de medio a medio.



Creo que voy a celebrar mi llegada a los 70 años con cierto optimismo, y espero que comprendan por qué, después de haber leído estas páginas

http://www.elpais.cr
9/08/2013

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