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Así es el Proyecto Hombre de los adictos a los videojuegos

Gracias a su ingreso en una clínica de desintoxicación, Daniel ha dejado de estar cautivo en su habitación, sin relaciones sociales, sin poder conciliar el sueño y deprimido. Ahora, este joven de 29 años trabaja como informático, hace mucho deporte, tiene amigos y se ha despedido de esa sensación de soledad que le perseguía

«Me evadía de la realidad y me olvidaba incluso del tiempo». Daniel sólo necesitaba una pantalla y un mando de control para abandonar su papel en la vida real y recrearse en un mundo de acción y aventuras de la mano de personajes con armaduras de cuero o hielo, sobreviviendo en mazmorras, valiéndose de la magia para vencer a los enemigos. Así pasaba horas y horas, enganchado a los videojuegos. Una adicción que ha logrado superar gracias a varios meses de ingreso en una clínica de tratamiento.

Por sus manos quizás han pasado alrededor de 1.000 juegos electrónicos. Final Fantasy, Diablo II, Battlefield... Entre unos y otros, calcula este joven de 29 años, puede que le hayan robado más de 30.000 horas. Alrededor de tres años y medio, inmerso en las pantallas de una televisión, un ordenador o un móvil. «Me llamaban mis amigos para quedar y yo siempre decía que estaba enfermo o que tenía que ir a algún sitio. Mentía para quedarme jugando en casa», cuenta Daniel.

Recuerda perfectamente su primer contacto con los videojuegos. Sólo tenía cinco años, edad suficiente para dejarse conquistar por los atractivos de la consola que un amigo le enseñó en su casa. Al principio, sus citas con los la ficción virtual daban respuesta a la curiosidad de un niño que poco a poco se dejaba atrapar por esta forma de entretenimiento. «Me pasaba las tardes enteras en casa de otro amigo muy aficionado. Tenía un montón de juegos, ordenador y conexión a internet. En mi casa no había nada de eso».

A los 12 años, «los Reyes por fin me regalaron mi primera Nintendo». Su dependencia fue creciendo, especialmente después de que sus padres instalaran internet. Ya en secundaria, en plena adolescencia, su dependencia le impedía centrarse en las clases. «Me pasaba la mañana pensando en posibles estrategias para superar cada vez más retos de los videojuegos. Sentía nervios, estaba desesperado por volver a casa cuanto antes para jugar».

Entre semana, dedicaba unas tres o cuatro horas por la tarde y los fines de semana, «desde que me levantaba hasta que me acostaba». Rondaba las 14 horas de sumergimiento en la ficción de las pantallas. Una adicción en toda regla. No a las sustancias, sino a los videojuegos. Ya podía describirse «un comportamiento persistente y recurrente», con «falta de control sobre la frecuencia, la duración, la intensidad, inicio y finalización», además de suponer una «prioridad frente a otras actividades y, por lo tanto, el deterioro significativo en el ámbito personal, familiar, social, educacional, ocupacional u otras áreas de funcionamiento». Para el diagnóstico, este comportamiento debe darse por un periodo de al menos 12 meses. Así lo explicaba en 2018 la Organización Mundial de la Salud (OMS) tras reconocer este tipo de adicción como una enfermedad dentro de la clasificación internacional. Y, de hecho, ese mismo año, la Estrategia Nacional de Adicciones que aprobó el Ministerio de Sanidad en España incorporaba por primera vez las adicciones sin sustancia, como las nuevas tecnologías, el juego y los videojuegos.

En el caso de Daniel, se cumplían todos y cada uno de los condicionantes que le definían como un adicto a los videojuegos. Sus resultados en el instituto no eran buenos, apenas se relacionaba con nadie ni salía de casa, se sentía solo, aislado... «Muy triste y deprimido, engordé muchísimo porque me dejé completamente. Tenía que ir a psicólogos y psiquiatras. Tomaba pastillas para dormir. Veía que mi vida estaba empeorando, no sabía por qué ni qué hacer, sólo me encontraba mejor cuando jugaba un rato».

En definitiva, la vida del adicto gira en torno a aquello a lo que está enganchado, ya sean los videojuegos, la cocaína o el alcohol. El afectado deja de hacer sus actividades diarias porque el motivo de su dependencia mantiene ocupados todos sus sentidos. Como argumenta Daniel Martínez Hernández-Sonseca, coordinador terapéutico y psicólogo en la Fundación Recal -centro de desintoxicación de adicciones ubicado en Majadahonda(Madrid)-, «pierde hobbies, el contacto con amigos y familiares, el control de sus estudios. Acaba aislado, jugando solo y encerrado en su habitación, sin alimentarse bien y durmiendo poco». Además, como ocurre con cualquier otra adicción, «aunque desee abandonar ese comportamiento, le resulta imposible hacerlo».

Para lograrlo, es necesaria la abstinencia completa, que sólo puede practicarse a través de un tratamiento de desintoxicación que implique el ingreso del afectado. Un paso que requiere primero el reconocimiento del problema y después su voluntad para someterse a la terapia indicada.

Daniel no era consciente de la gravedad de su situación hasta que un día a su madre «le dio una subida de tensión. Pedía auxilio y yo, que estaba jugando, no le di mucha importancia. Gracias a que mi padre llamó a la ambulancia y todo salió bien», pero fue una de las señales que le hizo recapacitar sobre su adicción a los videojuegos. Él mismo contactó con la Fundación Recal.

Allí conoció a su tocayo y psicólogo Daniel Martínez. Empezaron con sesiones individuales, pero al percatarse de que su paciente engañaba en cuanto al número de horas que jugaba en casa, el psicólogo le propuso vivir un tiempo en la residencia, el objetivo de asegurar una abstinencia. Sin televisión, sin móvil, sin pantallas y sin ningún tipo de dispositivo con el que puediera acceder a este tipo de contenidos electrónicos. «De la misma manera que un alcohólico, no debe tener a su alcance este tipo de bebida», argumenta el psicólogo.

Daniel cruzó la puerta del centro sólo con una maleta de ropa, muchos nervios y ganas de salir de aquel agujero infernal que le tenía esclavizado. Tomó la decisión y aunque resultaba duro, también se sentía aliviado.

Estuvo alrededor de cinco meses desintoxicándose de una no sustancia llamada videojuegos. Compartía habitación con un compañero y el día transcurría a base de terapias individuales y en grupo con diferentes temáticas. «Teníamos un cuaderno donde escribíamos en la intimidad y en grupo, contábamos cada uno nuestras miserias, las experiencias más difíciles, tristes y duras. Las compartíamos y nos desahogábamos», cuenta el afectado.

En general, no hay abordajes específicos para cada adicción, todos se centran en tratamientos cognitivo-conductuales similares.

A partir de la abstinencia, explica el especialisa, «hay que reconstruir al adicto desde una perspectiva más sana. Ofrecerle alternativas de ocio y mostrarle herramientas emocionales y sociales para que no rehúya del contacto con otras personas y aprenda a hacerse cargo de su vida, con situaciones más y menos difíciles». Cabe recordar que «las personas con adicciones encuentran en su enganche un mecanismo de evasión de sus emociones». Es en las terapias de grupo donde «aprenden a hablar de sus emociones y problemas, en vez de huir de ellos y refugiarse en el juego. Aprenden a abrirse e incluso a pedir ayuda».

Se trata de demostrarles que hay vida más allá de los videojuegos. En el centro donde estuvo ingresado Daniel había gimnasio, campo de fútbol, canchas de baloncesto...Tras el ingreso residencial y antes de la transición a la vida en el exterior, Daniel pasó a un programa de tratamiento ambulatorio. «Compartía casa con otros compañeros como yo. Estábamos tutorizados. Teníamos algo más de libertad. Por ejemplo, podíamos ver la televisión, aunque en un horario limitado».

Finalmente, ocho meses después de su entrada en el centro, por fin volvió a casa y a día de hoy, se declara «recuperado».

Aunque estudió Psicología, en la actualidad trabaja como informático y ha logrado deshacerse de «esa sensación de soledad» que le tenía cautivo. «Salgo con amigos, hago mucho deporte y a veces doy charlas o apoyo en las terapias de grupo en la Fundación Recal».

Todo ha cambiado, gracias a su voluntad, su constancia y un buen abordaje terapéutico. «Sólo una vez me bajé una aplicación de un juego en el móvil, pero ya no sentía lo mismo y lo dejé. Lo que sí hago es jugar con amigos al Trivial, por ejemplo».

Daniel fue el primer paciente que ingresó en este centro por la adicción a los juegos electrónicos. No es ni el único ni el último. Según datos del Ministerio de Sanidad, en España, el 18% de los jóvenes entre los 14 y los 18 años usa de forma abusiva las tecnologías y un 44,8% de las personas con problemas de juego ha jugado antes de los 18.

El Mundo
16/05/2019

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