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Nuestros oídos empiezan a acusar “la vejez” después de cumplir los 60

El proceso se llama presbiacusia, y muchas veces provoca que las personas mayores se aíslen y pierdan otras capacidades

Llegamos a los 40 y -salvo en los miopes, que se toman “venganza”- empieza a aparecer la presbicia: nuestro cristalino envejeció y perdió flexibilidad, y casi todos necesitamos anteojos para ver de cerca. Puede que nos resistamos unos meses... pero lo aceptamos. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que pase lo mismo con el oído?

“En primer lugar, porque no está tan difundido; pero además, porque pesan muchos prejuicios sobre las prótesis auditivas -señala la fonoudióloga tucumana Mariana Chalfón-; pero lo cierto es que el audífono les cambia la vida a los pacientes”.

A diferencia de los ojos, los oídos empiezan a acusar “la vejez” después de los 60: progresivamente pierden capacidad para oír altas frecuencias (empezando por las frecuencias del habla). La condición se conoce como hipoacusia relacionada con la edad o, más sencillamente, como presbiacusia

El proceso se produce de la siguiente manera: “las diminutas células pilosas dentro del oído interno ayudan a que usted oiga. Recogen ondas sonoras y las convierten en señales nerviosas, que el cerebro interpreta como sonido. La hipoacusia ocurre cuando estas diminutas células se dañan o mueren. Como no crecen de nuevo, la mayor parte de la pérdida auditiva causada por el daño a estas células es permanente”, explica en su sitio web la revista Medlineplus, de la Biblioteca nacional de Medicina de los EE.UU.

Que ocurra más tarde en la vida puede ser una ventaja, pero también puede ser parte del problema posterior: cuando aparecen los primeros síntomas, se los confunde con otros, por ejemplo, neurológicos, típicos de adultos mayores.

Yolanda Castillo fue docente toda la vida; alegre, conversadora, salía con sus amigas y hasta bailaba zumba. Ahora tiene 62 y se jubiló hace unos años. “Poco a poco -cuenta su hija, Fátima Escobar- se fue apagando. Pensamos que era por la jubilación, y con mis hermanos nos decíamos ‘es algo de ella, ya está vieja...’. Por suerte, en un chequeo general le pidieron una audiometría, y todo cambió”. Ese “todo cambió” significa en los hechos que con la audiometría la derivaron a una fonoaudióloga y ella buscó hasta que encontró el audífono indicado.

“Volvió a ser la misma -reconoce Fátima-; nos visita, nos llama por teléfono, sale de nuevo con sus amigas... ¡es ella!”.

“El deterioro de la audición es progresivo, pero lo más probable es que en algún momento los más jóvenes en la familia empiecen a padecer porque el volumen de la TV es cada vez más alto, y a escuchar que sus mayores les dicen ‘¿qué me dijiste?’, ‘no te entiendo’... o a notar que ‘confunden palabras’. Y lo que sucede es que han dejado de oír ciertas frecuencias del sonido”, explica Chalfón, y destaca que las consecuencias van más allá de la audición, y pueden ser graves: “se aíslan; no pueden seguir conversaciones en la mesa, o en una reunión; se van quedando solos... Terminan con una depresión”.

Gaceta
4/10/2019

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