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Sólo 15 de los 1.400 tartamudos que hay en Gipuzkoa recurren a la ayuda asociativa

Hay quien les ve como enfermos mentales o carentes de inteligencia. Su discapacidad lingüística ha sido objeto de mofa recurrente. La diana de los chistes fáciles, encarnados por los personajes más ridículos del cine, el teatro o la televisión. "Es una disfunción que no es tomada en serio y nos tratan como si fuéramos tontos. Hace falta información al respecto". La irundarra Amaia Thomen es tartamuda. Representa a la Fundación Española de esta discapacidad en Euskadi y Navarra y quiere desmontar estereotipos sobre este trastorno del habla.

El daño que se ha hecho a este colectivo es incalculable. Radio Televisión Española (RTVE) acordó en mayo evitar, en todas sus programaciones y emisiones, la difusión de estereotipos vejatorios o despreciativos hacia el colectivo.

La propia directora general, Carmen Caffarel, entonaba el mea culpa al reconocer que en el pasado se han cometido "muchas equivocaciones". Basta recuperar uno de los casetes gasolineros del humorista Arévalo para recordar aquel escarnio.

Uno de los problemas más graves a los que está expuesto el colectivo son los prejuicios. En los casos más severos, llegan a encerrarse en casa. Son situaciones aparentemente cómicas que no tienen ni pizca de gracia cuando se conoce de cerca algunos de los dramas cotidianos que viven.

Por extraño que pueda parecer, hay quienes son capaces de comprar un billete de tren hacia Donostia y no a Pamplona -su verdadero deseo- porque se atascan al pronunciar la p. Evitan a toda costa reconocer el problema. Otros están acostumbrados a pedir en el bar aquella bebida que no les apetece nada pero es fácil de pronunciar. Hacen de tripas corazón. Lo dice el cacereño Javier Peguero, de 30 años, amigo de Amaia y de vacaciones estos días en Irun. Él también tropieza con las palabras. "Conozco cantidad de casos. Nos hace falta ayuda de la sociedad para evitar que este tipo de situaciones se vivan de puertas adentro, en el anonimato. A mucha gente le da miedo y vergüenza reconocer el problema. Tanto es así que algunos ni siquiera asumen su condición de tartamudos", asevera.

De los 1.400 afectados que se calcula que existen en Gipuzkoa tan sólo una quincena acude a los grupos de autoayuda que la Fundación Española de la Tartamudez pone a su disposición en Euskadi. Por eso, sus miembros quieren darse a conocer. Hay que "vaciar la mochila -dice la portavoz en Euskadi- después de muchos años de sobrecarga emocional".

a partir de los dos años En la mayoría de los afectados la dificultad del habla se manifiesta entre los dos y cinco años de edad. Aunque existe una alta frecuencia en la infancia, ocho de cada diez niños se recuperan. En la madurez las cosas cambian, ya que no se puede corregir totalmente, aunque sí se logra siempre que el afectado acepte sus atascos sin problemas.

O casi siempre. Amaia Thomen tuvo suerte. En realidad, la charla discurre con total normalidad, sin un sólo tropezón en el habla. Nadie diría que forma parte de este colectivo. "Pues sí, aunque no lo parezca, también soy tartamuda, aunque es verdad que el logopeda hizo un buen trabajo conmigo. Ahora sólo me atasco cuando me pongo muy nerviosa. Depende de mi estado anímico", explica sonriente.

Comenzó a trompicarse con nueve años. Sufría de lo lindo cuando la profesora le ordenaba leer en alto. "Era horroroso, sobre todo después de los puntos y aparte. Me bloqueaba y era incapaz de retomar la lectura", rememora hoy, a sus 30 años.

Sobre todo tuvo suerte con sus compañeros del colegio. Nadie se reía. No es nada común el respeto a este tipo de situaciones entre chavales que siempre hacen sangre con el lado más vulnerable de la vida. Amaia guarda por todo ello un grato recuerdo de sus compañeros.

Sabe, sin embargo, que muchos se quedan marcados para siempre. La tartamudez puede dejar muchas secuelas difíciles de reparar en la vida del afectado. Y todo ello ocurre, según destaca la representante de la fundación, sin que ninguna institución tome cartas en el asunto. "Los profesionales son escasos y es muy sintomático que los logopedas tan sólo dediquen 20 horas de su carrera al capítulo de la tartamudez. Hace falta mucha más preparación", insiste la irundarra.

La experiencia personal ante esa ausencia de ayuda puede llegar a ser tan frustrante que su protagonista intente evitarla por todos los medios. Entonces la vida se convierte en una lucha. Una lucha por la fluidez que cuando fracasa hace desarrollar en los afectados un autoconcepto muy dañino de "persona limitada". Algunos abandonan la carrera universitaria o los estudios al exigirles hablar en clase. En ocasiones, prefieren no tener amigos a verse abocados al martirio de la conversación telefónica.

"Más allá de tanta imagen estereotipada, lo único que queremos decir es que somos personas como las demás, con la única diferencia de que nos atascamos un poco más a la hora de hablar. Eso es todo", resume la portavoz.

Esta fundación estatal no tiene todavía sede en Gipuzkoa, pero la representante de la agrupación promete trabajar duro para que pueda abrirse en un futuro.

noticiasdegipuzkoa.com
13/09/2006

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