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La autoestima un aprendizaje actitudinal en la Orientación (Parte IV)

La autoestima como un camino al autoconocimiento tiene que ver con la autorrealización, desde la autoaceptación y autenticidad, con lo que realmente somos a partir de esas preguntas existenciales ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Adónde voy?... Estas preguntas son un importante recurso de orientación profesional o vocacional para generar la construcción de la identidad personal y enfrentarse a las demandas sociales.

¿Cómo se relaciona la intervención psicopedagógica con la autoestima?

 

La OPP como una forma de intervención psicopedagógica tiende a alcanzar objetivos pragmáticos desde la prevención, desarrollo e intervención social. Entre los cuales incluye la autorrealización (a través de la autoorientación), es decir, lograr una autonomía personal para aprender para la vida en la colectividad social.

La autoestima como un camino al autoconocimiento tiene que ver con la autorrealización, desde la autoaceptación y autenticidad, con lo que realmente somos a partir de esas preguntas existenciales ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Adónde voy?... Estas preguntas son un importante recurso de orientación profesional o vocacional para generar la construcción de la identidad personal y enfrentarse a las demandas sociales, en una sociedad caracterizada por cambios científicos y tecnológicos acelerados con una gran ambigüedad para la construcción de proyectos de vida para nuestros futuros adultos y ciudadanos. 

El desarrollo de autoestima en los adolescentes se convierte así en una de los estrategias de los programas de intervención orientadora en particular en asesoramiento vocacional jugando un papel fundamental en el desarrollo personal, familiar, escolar y profesional de los mismos, en el sentido de:

  • Una autoestima alta o adecuada:  implica un estilo de vida sano y equilibrado que expresa y genera en la persona conductas productivas y equitativas.
  • Una autoestima baja produce alteraciones que se relacionan con trastornos y problemas en la persona en desarrollo en su tareas vocacionales. Que, en esta etapa, rescribiendo a Super (en Bulgarelli, Rivera, Fallas,2017, pág. 2), implican: a) el desarrollo de un autoconocimiento realista; b) razonar o estudiar oportunidades vocacionales (pareja, familia, estudio u ocupación) y optar por una de estas oportunidades vocacionales.

Para poder establecer estrategias (procedimientos) para la implementación de los contenidos actitudinales en los programas de intervención psicopedagógica, en particular el modelo de asesoramiento vocacional.  Es importante primero considerarlos desde el desarrollo afectivo (la autoestima).

Por lo tanto, es transcendental la educación emocional (desde un modelo humanista) como uno de los temas transversales de la OPP, la cual nos permite en primer lugar, vincular los contenidos conceptuales y procedimentales, y además ver una orientación que integre de mejor forma la dimensión afectiva en la enseñanza-aprendizaje de los contenidos de la OPP (en el área de orientación profesional).

La dimensión socioafectiva debe tener como propósito, que el orientado desarrolle plenamente la autoestima, la cual permite el control y expresión de sentimientos, emociones, aumento de la tolerancia a la frustración, y una adecuada toma de decisiones generando actitudes positivas hacia el estudio, el trabajo, y a la ciudadanía. Todo ello con la ayuda de una escala de valores deseable para constituirle como persona en su totalidad.

Considerando otra perspectiva, la autoestima como un componente del autoconocimiento también se le relaciona como una competencia o habilidad blandas, que tiene que ver con la práctica integrada de actitudes, creencias y valores en la relaciones interpersonales dentro de las problemáticas y el asesoramiento vocacional. Se entiende que son habilidades que, aunque no forman parte de la formación académica, son necesarias para realizar las tareas profesionales (OLA s.).

La mayoría de los investigadores vinculan estas habilidades con la capacidad para relacionarse con otros, comunicar, compartir información, liderar o conducir, motivar, escuchar y empatizar, influir en los demás, trabajar colaborativamente en grupo y en red. Este tipo de habilidades basan su relevancia como complemento de los conocimientos, con herramientas intra e interpersonales.

Por lo común, los contenidos actitudinales (autoestima) no han estado tan valorados como los conceptuales y procedimentales en los programas de orientación. Sin embargo, son de igual importancia que los otros dos tipos. En muchos casos pueden producir resultados mucho más importantes en las tareas vocacionales de nuestros adolescentes, vinculándolos con otros temas de relevancia social o transversales como la educación moral, educación para el género, educación para la paz y la convivencia. Sumarlos como contenido necesario interrelacionado junto con los contenidos conceptuales y el procedimentales permiten la formación de una actuación profesional efectiva e integral (Barreira. A, Sobrado.L. y Ocampo C. 2015, pág.3).

Lo que justifica y da razón de la importancia de los contenidos actitudinales en el asesoramiento vocacional, es la visión integradora del desarrollo humano (de todos sus aspectos, en todos los contextos a lo largo de la vida), la cual intenta dar importancia, sentido y relevancia a las dimensiones socio-afectivas, las relaciones interpersonales, las actitudes y valores en los contextos educativos formales y no formales.

Para Gutiérrez (2014, pág. 27) integrar las actitudes y los valores al aprendizaje de manera intencionada y consciente, significa no sólo pensar en el contenido como conocimientos y habilidades, sino en la relación que ellos poseen con los valores.

Los contenidos conceptuales y procedimentales tienen un aspecto valorativo. Sin embargo, debemos considerar que también el valor es un contenido al igual que la afectividad, las emociones y sentimientos.

 

¿Como implementar estrategias metodológicas en la OPP?

La intervención, desde la orientación educativa o psicopedagógica, se concibe como la introducción de diversos elementos con el fin de modificar o cambiar el proceso orientador. La cual depende de los modelos de intervención (asesoramiento, programas, consulta entre otros) con el que se trabaje, así como las diversas modalidades de intervención elegidas en la dinámica de los mismos: talleres, conferencias, cursos, ciclo de cine, seminarios, material didáctico (carteles, murales o páginas web).

En nuestro trabajo nos parece más idónea la modalidad de talleres para trabajar el contenido actitudinal, por ser práctico y vivencial. Creando condiciones para el desarrollo de habilidades personales e interpersonales. Esto no excluye trabajar con las otras modalidades para complementar o enriquecer los programas de Orientación.

 

Talleres de formación que se describen como espacios con:

 

  1. Una metodología participativa, como una forma de un aprendizaje colectivo de la realidad, basado en la participación activa de todas las personas involucradas en el proceso de construcción y reconstrucción del conocimiento. Propone una relación más equitativa y horizontal que pretende superar el uso del poder por parte del orientador, otorgando el derecho a cada orientado de opinar, cuestionar, jugar y soñar durante el proceso orientador para la creación de futuros proyectos de vida y carrera (Fallas y Valverde en INA en 2014, pág. 14).
  2. Las técnicas narrativas, las técnicas grupales y los recursos digitales, entre otras herramientas didácticas cualitativas (destacando los autoinformes), facilitan revelar el significado atribuido de las personas, a las relaciones intra e interpersonales, y a las situaciones contextuales, coadyuvando a logro de los objetivos de aprendizaje experiencial del proceso orientador, propiciando espacios de reflexión del saber cotidiano personal o grupal, situando el acento en cómo han sido percibidos por los mismos, con su carga emocional y afectiva, para darle sentido a la experiencia, que al ser contada o vivenciada, a través del dialogo entre el orientador-orientado o grupo adquiere un significado científico y sociocultural (Berra y Dueñas 2020. pág.12).
  3. Clima social en el aula está constituido por el ambiente percibido e interpretado por el grupo de orientados y el orientador a su vez. Ejerce una mediación en un contexto, creativo y flexible que, si bien posibilita la información necesaria, prioriza la formación de los sujetos, promoviendo el pensamiento crítico, la escucha tolerante, la conciencia de sí y el diálogo y la convivencia positiva.
  4. Aprendizaje grupal:

El aula como espacio de convivencia se configura en una compleja red de relaciones, con ciertas normas, hábitos y valores que sirven como marco de referencia para las actuaciones del orientador, el grupo y el orientado. Es así que el aprendizaje grupal y la importancia del grupo de iguales en el aula, se convierte para los adolescentes y jóvenes en los elementos más significativos, para la construcción del conocimiento y procedimientos científicos, pero principalmente como formador de actitudes, valores, creencias y normas (entre ellas la autoestima personal y social). Por ello, facilita estrategias que permiten al orientado construir y valorar su propia identidad vocacional, actuar competentemente, relacionarse satisfactoriamente con otros (habilidades socioemocionales: asertividad, empatía, la solución de problemas y la toma de decisiones), afrontando los retos de la vida adulta y activa, posibilitando de esta manera su bienestar personal e interpersonal.

 

Existe un gran consenso, en las investigaciones educativas, en la percepción de que las relaciones entre el grupo de compañeros desde la infancia a la adolescencia y juventud son un marco de referencia que les proporciona pautas para organizar su comportamiento, facilitando oportunidades únicas y valiosas para el aprendizaje de habilidades y actitudes que no pueden lograrse de otro modo. Relaciones que son esenciales en el proceso orientador (Berra y Dueñas, 2008. pág. 3)

 

La evaluación de actitudes (autoestima) en el proceso de asesoramiento vocacional

 

Una de las mayores dificultades que los orientadores se enfrentan en el desarrollo de actitudes en el asesoramiento vocacional, es la evaluación para el aprendizaje actitudinal.

Enseñar y orientar las actitudes de manera sistemática y deliberada plantea la ineludible necesidad de evaluarlas, esto es, de formarse una apreciación o juicio sobre qué ha pasado en sus orientados, en las dimensiones cognitiva, socio afectivo y moral.

Al optar, por una evaluación integral, dialógica y formativa en el aprendizaje actitudinal en orientación, se caracteriza por:

  1. Integral, porque da cuenta del aprendizaje y formación del orientado en todas sus dimensiones y de la mayor cantidad posible de elementos que favorecen u obstaculizan su desarrollo, tanto a nivel interno como externo.
  2. Dialógica como ejercicio de reconocimiento y encuentro de saberes, de nueva experiencias y prácticas de orientación entre el orientador, grupo u orientado. Diálogo tiene que ser proactivo, dinámico y real, empezando por los agentes orientadores centrales: el orientador y el orientado, quienes deben establecer acuerdos, sobre el por qué, para qué y cómo se va aprender, enseñar y por supuesto sobre el qué evaluar, el cómo, el cuándo y el para qué evaluar.
  3. Formativa: la evaluación para el aprendizaje actitudinal para Martínez y Sánchez (2020, pág. 42) es la que se realiza durante el proceso de aprendizaje y no al final. La evaluación de actitudes y valores solo adquiere sentido entonces, como evaluación formativa del propio proceso orientador y, no solo, como evaluación de resultados de dicho proceso. Una evaluación como escenario de desaprender y aprender, en la que las propias situaciones de asesoramiento vocacional formadas estén generando a la vez la vivencia de valores y actitudes. Manifestándose en conductas apreciadas y positiva, que permiten el aprendizaje grupal, comprendiendo y detectando elementos, que lo potencian o lo impiden, con la única finalidad de intervenir sobre ellos, buscando siempre mejorarlo y favorecerlo en el contexto sociocultural determinado (Gutiérrez M., 2014, pág. 26).

Evaluar, por tanto, no es específicamente medir lo que aprende el orientado, sino propiciar una autorreflexión de su propio proceso orientador, de su toma de decisiones, de allí la importancia de los autoinformes como estrategias de intervención desde una metodología cualitativa (inventarios, test, registros de observación, demostración, exposición oral, carpeta vocacional, estudio de caso y otras técnicas grupales) y contextual (evaluaciones no formales que incluye recolectar información de varias fuentes que pueden encontrares en otros espacios no escolares, por ejemplo: observaciones, entrevistas, visitas).

 

Conclusiones:

Repensar la importancia de la autoestima como uno de los aspectos del autoconocimiento en los programas de orientación educativa, implica considerar el aprendizaje de las actitudes (entre ellas la autoestima) como aspectos importantes para el desarrollo integral de los orientados. La modalidad didáctica idónea  en los programas de intervención psicopedagógica son los de talleres formativos que al ser espacios vivenciales y reflexivos permite el desarrollo de una autoestima adecuada y  las habilidades socioemocionales necesarias para la construcción de una identidad realista y autónoma en el desarrollo de sus tareas vocacionales, que permita responder de manera acertada a las problemáticas vocacionales en sus diversos contextos: familiar, escolar, profesional y como futuro ciudadano de un país históricamente determinado.

 

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