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Una terapia infalible que camina sobre cuatro patas

Francisco Fernández sabe lo que cuesta arrancarles una sonrisa a los más de 100 inquilinos del geriátrico que coordina en Reus (Tarragona). Sam y Elsa cumplen esa función desde que llegaron al centro en 1995, de la mano de la Fundación Affinity. Son dos Golden Retriever, la raza del famoso perro que aparece en el anuncio de Scottex.

Lo llaman Terapia y Educación Asistida por Animales de Compañía. Pero más allá de nombres rimbombantes, Fernández asegura que basta con ver la expresión de los ancianos cuando están con los perros para darse cuenta de que la terapia funciona. Los dos animales, sorteando sillas de ruedas y andadores, ofrecen algo tan simple como difícil de hallar en un centro gobernado por la desesperanza: alegría. 'Los animales reducen los sentimientos de tristeza, ansiedad y depresión. Cualquiera que haya tenido un perro sabe de lo que hablo', sentencia Fernández. El geriátrico de Reus no es una rareza, cada vez más centros y también más científicos, atestiguan que los animales logran lo que muchas medicinas no pueden.

Santiago Garde es el director del centro gerontológico Amma de Mutilva (Navarra) y habla con emoción de casos extraordinarios. De residentes taciturnos que se volvieron sociables; de abuelos encerrados en sí mismos que reaccionaron al ver a Argui, así se llama uno de los perros del centro; y otros que no tenían ni fuerzas ni motivos para levantarse de la cama, hoy se aferran al andador para acercarse a los animales. El centro es para mayores con dependencia, con una media de edad de 85 años. Algunos de ellos casi ni oyen ni ven. Cuando esto sucede, poder acariciar a un animal adquiere una dimensión distinta. 'Es la manera de sentir emociones'.

Algo parecido sucede en la Fundación del Síndrome de West, en Madrid. Es una rara y cruel enfermedad que afecta a uno de cada 5.000 niños. Cruel porque se ceba en niños de entre tres y doce meses y porque llega de forma silenciosa. Empieza con unos pequeños, casi imperceptibles espasmos y, progresivamente, los pequeños van perdiendo habilidades. Tras ese periodo, las secuelas pueden ser, en palabras de la presidenta de la fundación, Nuria Pombo, 'graves o muy graves'. La mayoría presenta lo que se denomina un espectro autista y sufren problemas de psicomotricidad.

Desde el pasado octubre, una perrita bautizada con el apropiado nombre de Westy, es la fiel colaboradora de Juan, un estudiante de último año de fisioterapia que trabaja con niños que padecen las secuelas del síndrome de West.

Él, como Fernández y Garde, responde con un rotundo sí a la pregunta de si la terapia con animales funciona. 'Estos niños viven encerrados en sí mismos, les cuesta reaccionar a estímulos exteriores', cuenta Juan. Sin embargo, la sola presencia de Westy despierta su interés. Es como si de golpe regresaran de su mundo interior y se abrieran. Entonces, Juan puede trabajar y jugar con ellos y desarrollar sus habilidades potenciales, que permanecen escondidas. ¿Otras cualidades de Westy? 'No tiene prejuicios y no sabe regañar'. Y esto, los niños también lo saben.



Una granja para jóvenes con delitos

El centro Oriol Badía (Barcelona) es lo menos parecido a un reformatorio -hoy se utiliza el eufemismo 'centro educativo'- que hay en España. Allí viven unos 12 chavales de entre 14 y 18 años que han delinquido. Pero no hay barrotes, ni guardias de seguridad. En su lugar, el centro, situado en un entorno rural, tiene conejos, gallinas, burros y una perra que acaba de parir ocho cachorros. El centro fue pionero en trabajar con animales. 'Cuando empezamos creímos de forma intuitiva que podría ser positivo tener una granja. Con el tiempo, la intuición inicial se ha convertido en certeza', explica Glòria Esteve, psicóloga que lleva 20 años en el Oriol Badía. Los animales no hacen milagros ni son la panacea, pero ayudan a estos adolescentes a preocuparse y responsabilizarse de algo más que de ellos mismos. Suelen ser jóvenes que han crecido demasiado deprisa y les gusta mostrarse como tipos duros. El contacto con los animales logra ablandar unos caracteres difíciles y los chavales aprenden a abrirse y pierden la vergüenza a la hora de mostrar afecto.

El caballo que hizo reír a un niño por primera vez



'No me preguntes por qué sucedió. Sólo sé que pasó'. Así concluye Mila el asombroso relato de lo que vivió en un centro hípico de San Sebastián de los Reyes donde ayuda a niños autistas a desarrollar sus capacidades mediante la monta de caballos. Uno de estos niños, de unos ocho años, sufría un caso severo de autismo, un trastorno que no se manifiesta de igual forma en todas las personas. Él vivía completamente ajeno a lo que sucedía a su alrededor, sus ojos miraban a ninguna parte, rehusaba el contacto humano y se ponía agresivo cuando su madre lo quería abrazar. Pero, ante el caballo, todo cambió. El niño empezó a reírse a carcajadas y sus ojos se fijaron sobre el caballo al que acariciaba. 'La madre vio a su hijo reír así por primera vez. Todos terminamos llorando mientras el niño reía y acariciaba el caballo. La madre se acercó a él y pudo abrazar, esta vez sin rechazos, a su hijo, que seguía hipnotizado y riendo sin parar', explica Mila, que aún ahora se emociona al recordarlo. En la hipoterapia (terapia con caballos) los beneficios no suelen ser tan espectaculares, aunque sí es habitual ver como ante el caballo algo se despierta en el interior de estos niños. No hay una explicación unívoca para ello. Aunque quizás, como dice Mila, lo que importa es que 'sucedió'.

Cincodias
19/05/2007

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