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Cuando la música duele.

Hay un problema adicional: las grandes dificultades existentes para que sus males sean reconocidos como enfermedad profesional. Le ha sucedido a Doru Artemie, violista de la Orquesta Sinfónica de Bilbao (BOS), que ha sufrido varias lesiones en el codo y el hombro, y ha vivido inmerso en un laberinto administrativo que le llevaba de la mutua a la Seguridad Social y viceversa, para terminar en los tribunales. Un compañero que prefiere no dar su nombre cuenta que ha pasado por un proceso similar a causa de una calcificación en el hombro que le producía un gran dolor y derivó en más problemas. Y el percusionista Jesús Manuel Gallardo ha visto cómo sus fuertes dolores en un codo eran considerados enfermedad común y derivados por la mutua a la Seguridad Social. No son casos singulares: según el estudio citado, casi la mitad de los instrumentistas ha padecido o padecerá durante su carrera un problema de consideración en su aparato locomotor. Un asunto muy serio, que no se resuelve con recomendaciones como la que recibió una violinista que prefiere permanecer en el anonimato: cuando fue al médico de la mutua por un dolor fuerte en el hombro, le recomendaron que utilizara una almohadilla...

Exceso de ruido

¿Y qué decir de la hipoacusia? Un operario de pista de un aeropuerto verá reconocida una sordera temporal como enfermedad profesional, aunque puede protegerse con auriculares. Un músico está en medio de una fuente de ruido -en términos de salud laboral, por más que a ellos les disguste la forma de definirlo- de gran potencia y no dispone de una protección tan eficaz. Según las investigaciones más recientes, alrededor de un tercio de los instrumentistas padece algún tipo de trastorno auditivo temporal. Los más afectados son los miembros de la sección de metal, los percusionistas y, de entre las cuerdas, los violinistas. La intensidad del sonido en el centro del foso orquestal durante un 'fortísimo' puede llegar a los 120 decibelios, más o menos el mismo volumen que genera una avioneta en el momento del despegue.

No obstante, la hipoacusia no está reconocida como enfermedad profesional para los músicos. Puede que sea porque lo que causa los daños es justo el fruto de su trabajo, circunstancia que no se da en otras actividades. Lo que en términos de salud laboral es un ruido casi insoportable que se deriva de su tarea y que suprimiría si fuera factible, para un músico es ese auténtico mazazo orquestal hacia la mitad del primer movimiento de la Patética de Chaikovski (indicado con 'ffff' en la partitura), por ejemplo. Y si baja el volumen está falseando al autor.

La falta de reconocimiento de este y otros males como enfermedades profesionales causa muchos problemas a los músicos. Económicos, porque cobran menos mientras están de baja. Pero los que a ellos más les preocupan son los que repercuten en un tratamiento peor o más dilatado en el tiempo. El trombonista Daniel Perpiñán, por ejemplo, padece una rotura de fibras en los labios. Sigue tratamiento en el Instituto de Medicina del Arte de Tarrasa, el único centro español especializado en los problemas de salud de los músicos. Viaja hasta allí una vez al mes y un médico de su mutua le trata en Bilbao siguiendo las instrucciones que le llegan del centro catalán.

¿Problemas? Que es él quien debe pagarse los viajes y el tratamiento porque su mutua no tiene convenio con Tarrasa. Si estuviese reconocido como enfermedad profesional y existiera en su ciudad un centro con especialistas en las afecciones de los intérpretes, evitaría gastos adicionales y aceleraría la recuperación. Marco Allendes, violinista, ha tenido más suerte. Se ha visto obligado a buscarse un centro privado en el que hacer la rehabilitación tras una operación en el codo, aunque luego le han sido reembolsados los gastos de esa terapia. Pero nadie puede compensarle por la pérdida de tiempo.

Elevado absentismo

Y el tiempo es un problema. Algunos trabajos presentados a discusión en el grupo europeo de la Federación Internacional de Músicos, como el de Muñoz Lobatón, plantean abiertamente rebajar la edad de jubilación. En ese mismo sentido, un artículo publicado hace un tiempo en la revista alemana 'Zeit' desvela que uno de cada ocho músicos de orquesta de ese país debe retirarse antes de tiempo por problemas de salud. Por término medio, cada orquesta tiene de forma permanente uno de cada diez músicos de baja. Eso sitúa a estas formaciones en puestos muy altos en cuanto a su índice de absentismo laboral. Lo explica un especialista: «A un deportista después de un partido o una carrera le espera un masaje y varios días de descanso. Un violinista, después de una actuación estresante, tiene que ir corriendo al ensayo del día siguiente».

¿Son esfuerzos tan diferentes? Menos de lo que se piensa: después de dos horas largas de concierto (o de ensayo, el trabajo es el mismo) los músculos y tendones de algunos músicos se han inflamado hasta tener un volumen un 10% superior al normal. Tardan alrededor de dos días en volver a su estado normal. Es lo que no se ve desde el patio de butacas cuando el aficionado disfruta de la Pastoral de Beethoven. Y lo que cuando deriva en lesiones les cuesta tanto ver reconocido como enfermedad profesional.

http://www.lasprovincias.es
5/08/2011

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