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Aprender con emoción... y cerebro

Hace ya varias décadas, uno de nuestros más grandes psicólogos educativos, César Coll, a partir de la idea de Jean Houssaye, divulgó el llamado ‘Triángulo interactivo del aprendizaje’. Este triángulo –en la siguiente página– expone las interrelaciones que se producen entre alumnado, profesorado y contenidos, para explicar el aprendizaje en el ámbito escolar.


En un pequeño ejercicio de imaginación, proponemos, en este principio de curso, sustituir el vértice de los ‘contenidos’ por el de ‘situaciones de aprendizaje’. Ya que, no son los contenidos, como formas o saberes culturales que queremos que el alumnado adquiera, sino las oportunidades o los espacios de experiencia, los que generan aprendizajes. La labor docente, o de la familia, no pasa tanto por ofrecer contenidos como por facilitar experiencias y oportunidades para aprender.

l cambio parece sutil, pero implica, por ejemplo, que si el niño no consigue aprender algo, en lugar de repetir una y otra vez hasta que lo haga bien, a menudo, es más eficiente ofrecerle nuevas situaciones de aprendizaje, para afrontar el reto desde perspectivas distintas –a veces, solo ligeramente distintas–. No es lo mismo adquirir capacidades que competencias. Y el alumnado necesita de ambas. Teniendo la capacidad, por ejemplo, en la multiplicación, aún no se tiene la competencia, si no sabe aplicar esa capacidad ante nuevas situaciones. La capacidad expresa dominio en un contexto particular –generalmente escolar– y potencialidad en el resto. La competencia es dominio en multitud de situaciones más allá de la escuela, por lo que la resolución de problemas y la aplicación de los aprendizajes invitan a poner la mirada más en las situaciones y contextos de aprendizaje que en los contenidos.

Y, puestos a cambiar un poco, ¿por qué no le añadimos la familia al vértice del profesorado, aceptando que el niño aprende no solo en la escuela? El resultado visual –gráfico de página siguiente– sería algo así: emergen, como interacciones entre los vértices, los tres pilares de lo que, en mi último libro, ‘Con corazón y cerebro’, desarrollo como el ‘NET Learning’, el aprendizaje basado en la neurociencia (‘neuroscience’), la emoción (‘emotion’) y el pensamiento (‘thinking’).

Claves potentes y sencillas

Parece obvio que saber cómo se aprende es el paso previo para saber cómo se enseña. Los avances de la neurociencia aplicados a la educación, la neuroeducación, permiten hoy que el profesorado construya sus situaciones de aprendizaje, a partir de lo que la investigación científica nos está revelando sobre cómo aprende el cerebro del niño y del adolescente. De esta forma, las claves neuroeducativas conectan los tres vértices del triángulo, condicionan los planteamientos metodológicos y didácticos en el aula y dan pautas para las familias. Son claves potentes y sencillas de aplicar, como la importancia del movimiento y de la música en el desarrollo cognitivo, al estimular la atención, la memoria y la motivación; el poder de las palabras y la retroalimentación positiva; las casi ilimitadas posibilidades que ofrece la plasticidad cerebral; el valor de la memoria y de la repetición para crear aprendizajes sólidos; el papel decisivo de las neuronas espejo; el privilegiado lugar que ocupan las emociones en el aprendizaje...


En 1994, Juan Casassus dirigió una investigación internacional, promovida por la Unesco, sobre los factores que inciden en el aprendizaje. Se analizaron multitud de factores, como el nivel sociocultural de las familias, la gestión del centro, la formación del profesorado…, pero, para sorpresa de todos, el factor más relevante se situó en una variable que, al inicio de la investigación, ni se consideraba: el clima emocional del aula, que surge de tres elementos: el docente, el alumnado y las relaciones que se establecen entre ellos. Cuando la educación no considera la emoción, el aprendizaje se tambalea; cuando la educación se focaliza solo en lo cognitivo se deshumaniza y degenera.

Escuelas con corazón

Necesitamos centros educativos y hogares con corazón; entornos emocionales y emocionantes. Espacios donde el niño sienta que su necesidad primaria de apego, de caricias –táctiles, visuales, verbales– y afecto está cubierta. El contacto físico afectivo, debe quedarnos ya claro, está, como necesidad básica, al mismo nivel que el agua, la comida, el aire o el descanso, tal y como reflejan los estudios de Claude Steiner, Harlow o René Spitz. Como diría Steiner: «Sin caricias te mueres, o enfermas».

Heraldo
16/10/2019

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