La persona con SPL tiene muy poco conocimiento de los hechos del entorno que damos por sentado que todos conocen, es decir, tiene un limitado fondo de conocimiento (Pollard 1998, citado por Hall et al. 2017), al no acceder a los canales regulares de información cotidiana.
La privación lingüística es un fenómeno cuya existencia es cada día más reconocida en el escenario de la sordera. Vista como un caso excepcional en la población oyente, hoy se ha caído en cuenta de que es de una frecuencia alarmante en la población sorda. La privación lingüística afecta a todos los niños sordos prelocutivos hijos de padres oyentes.
Dicha situación está determinada por la falta de acceso espontáneo a una lengua natural durante los primeros años de la vida de un niño sordo o hipoacúsico hijo de padres oyentes. La razón inevitable es que el entorno que rodea al niño sordo no le ofrece ninguna comunicación en una lengua accesible, desde el momento en que el niño presenta deficiencias en su audición. Esto trae la consecuencia en todos los casos de que el lenguaje del niño no se desarrollará normalmente y que presentará las consiguientes fallas en esa dimensión.
Estas fallas se aprecian en los diversos aspectos del lenguaje, y son de índole cognitiva, emocional y social. Entre las expresiones detectadas con mayor frecuencia se encuentran limitaciones en el razonamiento abstracto y dificultades del aprendizaje que condicionan fracasos escolares, en particular en lectura y escritura, problemas para ordenar en el tiempo hechos históricos, fallos en la comprensión de materias como matemáticas y otras ciencias.
Esta situación ha sido descrita sin excepción desde el inicio de la atención escolar de los sordos, que se ubican con retrasos en relación con sus pares oyentes de la misma edad. Tradicionalmente estos retrasos se han atribuido a la condición de sordera, sin hacer referencia al desarrollo incompleto del lenguaje, y se han propuesto estrategias pedagógicas para subsanar la situación, sin ningún éxito. Ahora bien, el origen de dichos trastornos se conoce bien: la privación lingüística. Pero las consecuencias no son de ninguna manera previsibles ni características.
Todos los sordos prelocutivos hijos de padres oyentes, es decir más del 90% de la población sorda, ha padecido privación lingüística. Si aceptamos eso, podría afirmarse que el 90% de los sordos caería en una categoría de enfermos que padecen el “síndrome de privación lingüística”. Esta consideración de los sordos como siendo enfermos en su casi totalidad, me parece abusiva y un retroceso hacia el enfoque médico de la sordera y de su naturaleza.
En primer lugar, el término “síndrome” alude directamente al ámbito de la medicina. Y describe “síntomas y signos” que pertenecen a una situación patológica, con una causa única y consecuencias también únicas, determinadas por la propia dinámica de la enfermedad o condición. En el caso de la privación lingüística, si bien es cierto que la situación tiene una causa común, la expresión de los “síntomas y signos” está sometida a factores de la más diversa naturaleza, siendo imposible de resumir o de agrupar en unos pocos claramente definidos.
La “teoría de la mente” es citada por Oviedo (2026) como síntoma patognomónico del síndrome de privación lingüística, señalando que los sordos que lo han sufrido no tienen la capacidad de “ponerse en el lugar del otro”. Si bien ese rasgo puede ser común entre los sordos, su incidencia es sumamente variable, y no permite evaluar el nivel de gravedad de la situación. Al respecto, dice Rodríguez Mondoñedo (2020): “Las personas con SPL no se ponen en el punto de vista de su interlocutor, ni aceptan fácilmente la retroalimentación necesaria para la creación de nuevas ideas a partir de la información intercambiada”.
“Además, se les complican los conceptos abstractos y tienen dificultades de aprendizaje –por esta razón, la sordera se confundió por mucho tiempo con retraso mental, lo que de ninguna manera es. Adicionalmente, estas personas tienen dificultades en su regulación emocional, y actúan externalizando sus sentimientos, de hecho, actuándolos, traduciéndolos en comportamiento disruptivo, lo cual los lleva a situaciones problemáticas en su relación con los demás”. No parecen ser los comportamientos que se encuentran corrientemente entre los jóvenes y adultos sordos. Y hasta el momento, no se han mostrado qué diferencias se podrían encontrar entre las personas con retardo mental y las personas sordas, si nos atenemos a la descripción de los sordos que hacen quienes hablan de un síndrome de privación lingüística. Es decir, una persona que tiene las características descritas en el síndrome de privación lingüística podría sin duda ser definida como con retardo mental. Y eso no es así, los sordos no son retardados mentales, ni enfermos mentales, de acuerdo con alguien que sugiró que el “síndrome de privación lingüística fuese incorporado al DSM 5...
“Finalmente, es necesario indicar que la persona con SPL tiene muy poco conocimiento de los hechos del entorno que damos por sentado que todos conocen, es decir, tiene un limitado fondo de conocimiento (Pollard 1998, citado por Hall et al. 2017), al no acceder a los canales regulares de información cotidiana. Esto puede llegar inclusive a situaciones que ningún oyente podría imaginar”. Rodríguez Mondoñedo (2020). Sin embargo, añade algo que despierta más dudas que certezas: “Nótese que esto no significa, como advierte Gulati (2019) que la persona sorda no tenga ningún conocimiento útil para desempeñarse en la vida. Al contrario, las personas sordas son muy hábiles para identificar los rasgos esenciales de su entorno que le sirven para sobrevivir (conocimiento de “la calle”), aunque no necesariamente para estar plenamente a salvo.”
En segundo lugar, las referencias a la privación lingüística y su caracterización en términos de síndrome, se ubican en el marco de la psiquiatría. Los primeros estudios al respecto corresponden a Glickman et al. (2020, quienes “desarrollaron el concepto de SPL y lo relacionaron con problemas de salud mental en personas sordas”. No representa el común de las personas sordas que no acuden a consultas psiquiátricas o mejor dicho, y cuando lo hacen son llevados por sus familiares a dichas consultas, porque perciben comportamientos ajenos a sus expectativas de “normalidad”. Como se ve, los síntomas y signos del síndrome son pasibles de una gran subjetividad.
En conclusión: hacen falta más estudios sobre las consecuencias de la privación lingüísitica, y sobre todo, se torna necesario intentar mitigar o eliminar la causa que la provoca. Se trata de garantizar el acceso de los niños sordos a un entorno lingüístico de lengua de señas, que ofrezca las mismas oportunidades que tienen los niños oyentes de interactuar por medio de una lengua natural en forma espontánea. Para eso, no es de ninguna utilidad medicalizar la percepción del problema y tratar de remediar sus consecuencias. Por el contrario, es imprescindible evitar la privación lingüística para hacer justicia a todos los niños sordos condenados a un desarollo menguado del lenguaje, que les priva del despliegue óptimo de su persona, derecho de todos los seres humanos.
Referencias
Glickman et al. (2020): Desarrollaron el concepto de SPL y lo relacionaron con problemas de salud mental en personas sordas.
- Morales López (2019): Estudió el bilingüismo intermodal (lengua de signos y lengua oral) y su impacto en el desarrollo del lenguaje.
.- Gulati (2019): Describió el SPL como un "trauma de la comunicación" y enfatizó la necesidad de intervención temprana ¹.
- Rodríguez Mondoñedo (2020)https://www.aiedi.org/2020/01/17/privacion-linguistica-el-caso-de-la-lengua-de-senas/
- Oviedo (2026) Video