Madres y padres tenemos la responsabilidad de orientar, establecer límites y enseñar las consecuencias de los actos. El problema no está en corregir una conducta, sino en convertirla en una definición del niño.
Daniel, de nueve años, olvidaba guardar sus útiles y necesitaba varios recordatorios para comenzar la tarea. Su mamá, preocupada por su desempeño escolar, le decía: “Siempre haces todo mal”, “eres muy distraído” o “si sigues así, nunca podrás hacer nada solo”. Ella no quería lastimarlo. Pensaba que señalar sus errores lo ayudaría a cambiar. Sin embargo, Daniel comenzó a evitar algunas actividades. Antes de hacer algo preguntaba si estaba bien, borraba una y otra vez lo que escribía y se frustraba ante cualquier equivocación. Un día dijo: “Yo no puedo, porque todo lo hago mal”. Su mamá intentaba corregir una conducta, pero Mateo había comenzado a creer que quien estaba mal era él.
Madres y padres tenemos la responsabilidad de orientar, establecer límites y enseñar las consecuencias de los actos. El problema no está en corregir una conducta, sino en convertirla en una definición del niño. No es igual decir “dejaste tus juguetes en el piso” que “eres un desordenado”. Tampoco es lo mismo señalar “lo que hiciste lastimó a tu hermano” que afirmar “eres malo”. La primera frase habla de algo que puede repararse; la segunda hace creer al niño que hay algo malo en él. Las palabras de las figuras de cuidado funcionan como un espejo. Si las etiquetas se repiten, pueden convertirse en la voz interior del niño. El “todo lo haces mal” puede transformarse en “no soy capaz”; el “nunca pones atención”, en “no puedo aprender”; y el “eres malo”, en “no merezco amor”.
La atención, el control de impulsos, la planeación y la regulación emocional continúan desarrollándose durante la infancia y la adolescencia. Muchos errores no son actos de desafío, sino expresiones de habilidades que todavía están madurando. Cuando cada equivocación provoca gritos, humillación o rechazo, el niño puede vivir el aprendizaje como una amenaza. Entonces quizá llore, discuta, niegue lo ocurrido, se paralice o deje de intentarlo. El miedo puede detener una conducta por un momento, pero no necesariamente enseña una mejor opción. Un niño aprende con mayor claridad cuando se siente seguro, acompañado y profundamente amado.
A veces creemos que nuestros hijos necesitan sentirse mal para comprender la gravedad de sus actos. Pero la vergüenza no produce responsabilidad. Pensar “hice algo que lastimó” permite reconocer una acción y repararla. Pensar “soy malo” convierte esa acción en una condena. Si el problema parece estar en quien el niño es, cambiar puede sentirse imposible. Podemos establecer límites sin atacar su identidad: “No voy a permitir que golpees. Vamos a calmarnos y después veremos cómo reparar lo ocurrido”. El límite es firme y la conducta no se justifica, pero el niño sigue sabiéndose amado. Educar con respeto no significa permitirlo todo. Significa distinguir entre lo que nuestros hijos hacen y quienes son.
Corregir con respeto no significa hablar de manera fría. Las palabras, el tono y la mirada pueden comunicar al mismo tiempo firmeza, confianza y cariño. En lugar de “eres un desordenado”, podemos decir: “Los juguetes siguen en el piso; sé que puedes hacerte cargo de guardarlos”. En vez de “nunca pones atención”: “Vamos paso por paso; confío en que puedes aprenderlo”. También podemos reconocer la emoción sin justificar el daño: “Entiendo que estás enojado y estoy aquí para escucharte, pero no puedes insultar. Dime qué necesitas con otras palabras”. El mensaje es: “Esta conducta necesita cambiar, pero no hay nada malo en ti. Te amo, confío en ti y te ayudaré a encontrar otra forma”. Así enseñamos responsabilidad mientras fortalecemos su autoestima, su amor propio y la seguridad de saberse profundamente amado.
Ninguna madre ni ningún padre responde siempre con paciencia. Criamos entre cansancio, preocupaciones y nuestra propia historia. Reconocerlo no busca culpabilizarnos, sino ayudarnos a elegir otras palabras. Si etiquetamos a nuestro hijo, podemos reparar: “Estaba enojada y te dije que eras flojo. No estuvo bien. Tú no eres flojo. Lo que necesito es que cumplas con tu tarea; vamos a encontrar una forma de organizarla”. Pedir disculpas no disminuye la autoridad. Enseña que también los adultos podemos reconocer nuestros errores, reparar el daño y cuidar nuestros vínculos.
Los niños son perfectos tal y como son. No porque hagan todo bien ni porque no necesiten orientación, sino porque su valor está completo desde el principio. Una equivocación no los vuelve menos dignos, menos valiosos ni menos amados. Educar no es convencerlos de que están mal para después intentar arreglarlos. Es acompañarlos mientras descubren quiénes son, desarrollan sus capacidades y aprenden a relacionarse con los demás. Podemos corregir una conducta, establecer consecuencias y enseñarles a reparar sin hacerles creer que el problema está en ellos.
Nunca convenzas a tus hijos de estar mal. Enséñales que pueden equivocarse, aprender y cambiar una conducta sin dejar de ser quienes son: niños perfectos, valiosos y profundamente amados tal y como son.
En Espacio Logopédico queremos acompañarte en cada etapa del desarrollo de tus hijos. Si tienes dudas, consulta con nuestros especialistas: estamos aquí para ayudarte a construir un entorno saludable y lleno de amor.
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