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"Me cae mal mi maestro": cómo entenderlo desde el desarrollo infantil

El desarrollo infantil implica que habilidades como la autorregulación, el control de impulsos, la flexibilidad cognitiva y la tolerancia a la frustración aún están en proceso de maduración. Una interacción que para un adulto puede parecer manejable, para un niño puede sentirse desagradable, injusta o amenazante.

Raquel Guerrero Enviar mensaje a colaborador | 15/09/2026

Es una frase que muchos padres escuchan en casa y que, aunque parece simple, puede encerrar experiencias muy distintas: “me cae mal mi maestro”. A veces surge después de una llamada de atención, una tarea difícil o una corrección en clase. Otras aparece con llanto, resistencia para ir a la escuela o un malestar que se sostiene con el paso de los días. Como adultos, es fácil reaccionar desde dos extremos: minimizar lo que el niño expresa con un “ni modo, tienes que obedecer” o asumir que el maestro está actuando mal. Entre esas dos respuestas hay un punto más útil: tratar de entender qué significa ese rechazo desde el momento del desarrollo en el que se encuentra el niño o adolescente.

Desde una mirada neuropsicológica, esta frase no siempre habla del maestro en sí, sino de la forma en que el niño procesa una experiencia emocional. Los menores aún no siempre cuentan con recursos cognitivos y emocionales para describir con precisión lo que sienten. Por eso, pueden usar una expresión amplia —“me cae mal”— para nombrar algo más complejo: frustración, vergüenza, sensación de injusticia, dificultad para tolerar la autoridad o miedo a sentirse exhibidos.

No todos los niños viven igual la corrección o la exigencia

El desarrollo infantil implica que habilidades como la autorregulación, el control de impulsos, la flexibilidad cognitiva y la tolerancia a la frustración aún están en proceso de maduración. Una interacción que para un adulto puede parecer manejable, para un niño puede sentirse desagradable, injusta o amenazante.

Hay niños más sensibles a la crítica, a los cambios en el tono de voz, a la exigencia académica o a la comparación con otros. También hay quienes viven cualquier límite como una forma de rechazo. En esos casos, el malestar no indica que el maestro actúe de forma inadecuada; puede indicar que el niño necesita acompañamiento para comprender y procesar lo que ocurre en el aula.

Por eso, cuando un hijo dice que su maestro le cae mal, la primera pregunta no tendría que ser si el maestro es bueno o malo, sino: ¿qué está viviendo este niño y con qué recursos cuenta para entenderlo y manejarlo?

Lo que puede haber detrás de ese “me cae mal”

No todas las quejas significan lo mismo. Puede haber varias explicaciones. Una de ellas es un choque de estilo. Hay maestros cálidos y otros más estructurados, serios o directos. Algunos niños se adaptan con facilidad; otros resienten a las figuras de autoridad menos expresivas o más firmes. También puede haber baja tolerancia a la frustración. Cuando al niño le cuesta aceptar correcciones, seguir instrucciones o sostener el esfuerzo frente a tareas demandantes, puede interpretar al maestro como “malo” solo porque le pone límites o le exige. Otra posibilidad es una vivencia de injusticia o humillación. Algunos niños se sienten expuestos cuando los corrigen frente al grupo, los señalan o los comparan. Aquí conviene explorar si se trata de una percepción ligada a su sensibilidad o de una conducta inapropiada por parte del adulto. Y, desde luego, en algunos casos sí puede existir un trato inadecuado: gritos, burlas, etiquetas, amenazas o humillación pública. Eso no debe minimizarse.

Escuchar antes de concluir

Lo primero no es corregir al niño ni tomar partido, sino escuchar con interés genuino. No basta con preguntar: “¿Por qué te cae mal?”. Conviene ayudarlo a pasar de una queja amplia a un relato más claro.

Estas preguntas pueden orientar la conversación:

  • ¿Qué ocurrió, paso por paso?
  • ¿Qué te dijo o qué hizo?
  • ¿Fue una vez o sucede seguido?
  • ¿Cómo te sentiste en ese momento?
  • ¿Les pasa también a otros niños?
  • ¿Te corrigió, te gritó, te ignoró o te exhibió?

Este tipo de diálogo no solo aclara los hechos. También ayuda al niño a organizar su experiencia, ponerle palabras y pensar sobre ella. Esa capacidad forma parte de su desarrollo emocional y cognitivo.

Cuando se trata de un adolescente

En la adolescencia, la relación con la autoridad adquiere otro matiz. Entran en juego la necesidad de autonomía, la sensibilidad ante la injusticia, la vergüenza frente al grupo y la construcción de identidad. Un adolescente puede decir “me cae mal mi maestro” porque se siente humillado, confrontado, expuesto o controlado en exceso. Conviene diferenciar entre un docente que lastima y uno que le exige más de lo que quisiera tolerar. La tarea del adulto no es infantilizarlo ni asumir que exagera, sino ayudarle a pensar lo que vive: ¿te incomoda su trato o te incomoda que te ponga límites? ¿te faltó al respeto o te frustró? ¿qué necesitarías que fuera distinto?

Señales de alerta

Hay situaciones que requieren mayor atención. Si el niño o adolescente empieza a evitar la escuela, presenta llanto frecuente, dolor de cabeza o de estómago antes de entrar, cambios bruscos de ánimo, baja en el rendimiento o habla de miedo, humillación o persecución, es importante tomarlo en serio. Cuando el malestar escolar afecta su vida cotidiana, ya no hablamos solo de antipatía, sino de una experiencia que puede rebasar sus recursos emocionales.

Hablar con la escuela sin precipitar acusaciones

Si la queja persiste, conviene conversar con el maestro. Lo ideal es hacerlo desde una postura de colaboración, no de confrontación. Escuchar la versión del docente permite comprender el contexto y distinguir si hay una dificultad de adaptación del alumno, un problema en la relación o un trato improcedente. En neuropsicología sabemos que la conducta cambia según el entorno. Para entender una situación, hace falta integrar varias miradas: la del niño, la familia, el maestro y, cuando se requiere, la de otros profesionales de la escuela.

Ni dramatizar ni minimizar

No todo maestro que incomoda lastima, pero no todo niño que se queja exagera. Acompañar a un hijo en una situación así implica escuchar, investigar, ayudarle a nombrar lo que siente y enseñarle a distinguir entre la frustración que forma parte de crecer y una experiencia que vulnera su bienestar.

Lo que un niño rechaza en el aula no siempre es a la persona que enseña, sino a la emoción que esa experiencia despierta y que todavía no logra procesar.

En Espacio Logopédico queremos acompañarte en cada etapa del desarrollo de tus hijos. Si tienes dudas, consulta con nuestros especialistas: estamos aquí para ayudarte a construir un entorno saludable y lleno de amor.



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