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Introduccion a la parálisis cerebral. (Parte IV)

Todos los niños con parálisis cerebral cumplen sus etapas más tarde de lo normal, sin importar su inteligencia y grado de desenvolvimiento, y tarde o temprano, según la severidad de cada caso en particular, a este retardo de la maduración se suma una desviación con respecto al desarrollo normal, que se manifiesta con actividades motoras anormales que se evidencian cuando el niño acrecienta su actividad, es decir, cuando intenta sentarse, usar sus brazos y sus manos, traccionar para sentarse o caminar venciendo sus dificultades físicas. El niño trata de funcionar con un conjunto inadecuado de patrones motores, compensando con las partes de su cuerpo menos afectadas o intactas.
1.4. Problemas Asociados a la Parálisis Cerebral

Las complicaciones principales que acompañan a la parálisis cerebral son:

·Epilepsia: Del 25 al 30% aproximadamente de los niños con parálisis cerebral presentan epilepsia. Es más común en los cuadripléjicos que en otro tipo de parálisis cerebral. (Campero,C.; Lahud,I.; 1981).

·Defectos Visuales: Se puede presentar poca agudeza visual, nistagmo, estrabismo, errores de refracción y otros defectos oculomotores.
·Pérdida de la Audición: Puede existir un grado parcial de pérdida auditiva, sobretodo en los atetósicos, en quienes la pérdida se refiere a sordera para los tonos agudos.

·Defectos del Lenguaje: El deficiente control de los músculos faciales y respiratorios, de la lengua o de los labios, producen defectos del lenguaje, que pueden ser desde leves defectos de articulación hasta la ausencia completa del habla, limitando su comunicación a formas no verbales.


1.5. Desarrollo de la Parálisis Cerebral

El desarrollo del niño se da en tres esferas principales: motora, intelectual y social. A través de la maduración neurológica y el contacto con el medio ambiente, el niño logra desarrollar distintas capacidades tendientes al conocimiento del mundo, manejo de los objetos y situaciones, así como a la solución de problemas. En estas actividades confluyen el movimiento del cuerpo, la formación de estructuras cognoscitivas y la interacción social, de tal manera que existe un intercambio del niño con el medio ambiente.

El desarrollo normal de la motricidad es el despliegue gradual de las aptitudes latentes del niño. Este proceso avanza a través de muchos años, sin embargo, los cambios más grandes y acelerados ocurren en los primeros 18 meses de vida, sin embargo, el niño paralítico cerebral se desarrolla con más lentitud; su desarrollo no solo se retarda, sino que sigue causes anormales, incluso, en los casos más severos, en los que el compromiso motor toma todo el cuerpo, el cambio puede ser escaso o nulo por largo tiempo, o el desarrollo puede detenerse por completo en una etapa muy temprana. (Bobath, B., Bobath,K.; 1976). Además, mientras los patrones motores del niño normal se modifican con mayor celeridad y profundidad hasta los cinco años mas o menos, las actividades del paralítico cerebral pueden persistir hasta la adolescencia y también después.

Todos los niños con parálisis cerebral cumplen sus etapas más tarde de lo normal, sin importar su inteligencia y grado de desenvolvimiento, y tarde o temprano, según la severidad de cada caso en particular, a este retardo de la maduración se suma una desviación con respecto al desarrollo normal, que se manifiesta con actividades motoras anormales que se evidencian cuando el niño acrecienta su actividad, es decir, cuando intenta sentarse, usar sus brazos y sus manos, traccionar para sentarse o caminar venciendo sus dificultades físicas. El niño trata de funcionar con un conjunto inadecuado de patrones motores, compensando con las partes de su cuerpo menos afectadas o intactas.

El desarrollo del niño normal es bien conocido y se puede prever con bastante exactitud. Los patrones de movimiento normales primitivos indicarían estado patológico si se los ensaya uno por uno sin relacionarlos con otras actividades pertenecientes a la misma etapa del desarrollo, algunas de las cuales pueden faltar. Si se combinan con un tono postural anormal, como hipertonía, hipotonía o tono fluctuante; o si los patrones, en apariencia normales, son estereotipados y limitados en contraste con la gran variabilidad de movimientos que despliega el niño normal.

En la mayoría de los casos de espasticidad, ésta se instala poco a poco a medida que el niño madura y empieza a reaccionar frente a su desarrollo Los niños que no exhiben espasticidad ni rigidez al principio, conservan un tono postural bastante normal en los primeros cuatro meses de vida. La hipertonía se instala con lentitud y la actividad refleja tónica va en aumento, lo cual contrasta con el niño normal, en que la influencia ocasional de los reflejos tónicos asimétricos desaparece hacia el cuarto mes.

En el niño normal, la actividad extensora en decúbito ventral se desarrolla desde la cabeza hacia abajo, hasta que, hacia los 5 meses, sus caderas y rodillas están extendidas por completo en decúbito ventral. En el niño con parálisis cerebral la espasticidad flexora del tronco y los brazos le impide levantar la cabeza y extender la columna y las caderas.

A menos que se le sostenga sentado, el niño espástico permanece tendido de espalda. Poco a poco las piernas se extienden, con adducción (rotación interna) y plantiflexión de los tobillos y dedos. Cuando se hace que el niño se ponga de pie sostenido, la espasticidad extensora de los tobillos y dedos aumenta todavía más.

En general podría considerarse que el progreso del niño espástico alcanza su máximo antes de los 6 u 8 años de edad, mientras que en el niño atetoide y atáxico el progreso de etapa en etapa puede continuar hasta los 15 años o más.

En la parálisis cerebral atetoide el tono postural antigravitacional es muy débil y se observa escaso movimiento espontáneo. Hay grandes problemas de alimentación y muchas veces respiración anormal. Su boca pende abierta y su prensión es débil o imposible. A menudo sus extremidades inferiores exhiben un patrón flexor primitivo exagerado y están en excesiva abducción. No puede extender los brazos para asir objetos. No rola desde el decúbito dorsal hacia el ventral, no levanta la cabeza, no se sostiene sobre los antebrazos ni repta sobre el vientre. Al sentar al niño atetoide cae hacia adelante, colapsándose a nivel de las caderas y si se le sostiene, tiende a empujar hacia atrás o cae de costado.

El ponerse de pie se logra muy tarde, inclusive en niños inteligentes que tienen las piernas menos afectadas que el tronco y las extremidades superiores. Muchos niños atetoides no consiguen estar de pie siquiera y, como casi siempre permanecen sentados, son propensos a las deformidades flexoras de las caderas y rodillas. La mayor dificultad para ponerse de pie es su incapacidad para valerse de las manos para traccionar hasta conseguir pararse tomándose de un sostén. El equilibrio de pie es dificultoso y solo se adquiere después de mucho tiempo. La marcha sin ayuda también se inicia muy tarde y solo llegan a esta etapa los niños con problemas moderados o leves.

Es importante conocer las secuencias del desarrollo motor anormal para anticipar su ocurrencia en los niños de muy corta edad. Además, de este modo se captan mejor los primeros signos de comportamiento postural anormal y se reconocen sus proyecciones para futuras actividades del niño y la posible instalación de contracturas y deformidades. Este conocimiento habrá de contribuir a planificar el tratamiento con miras a prevenir las anormalidades, en lugar de intentar corregirlas después que ocurrieron, y también a evitar todo futuro deterioro.


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