Históricamente, los criterios diagnósticos del TEA se desarrollaron a partir de estudios realizados principalmente con varones, lo que ha generado sesgos importantes en la identificación de niñas y mujeres autistas. Hoy se reconoce que muchas mujeres presentan perfiles clínicos menos evidentes, especialmente en el ámbito de la comunicación social, lo que dificulta su detección temprana.
El concepto de neurodiversidad propone entender las diferencias neurológicas como parte de la variabilidad humana, alejándose de modelos exclusivamente centrados en el déficit. La neurodiversidad abarca una amplia gama de variaciones en el cerebro humano en lo que respecta a la comunicación, la sociabilidad, el aprendizaje, la atención, el estado de ánimo y otras funciones mentales. Incluye afecciones como el Trastorno del Espectro Autista (TEA), el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), la dislexia y otras. Las personas neurodivergentes suelen experimentar una mayor sensibilidad, dificultades con las señales sociales y patrones únicos de atención e interés. En los últimos años se ha fomentado una mayor concienciación sobre las diferencias en el pensamiento, el aprendizaje y el comportamiento. A pesar de esta creciente concienciación, aún existe un sesgo de género en el diagnóstico de las neurodiversidades. Los hombres suelen ser diagnosticados a una edad más temprana, por ejemplo, los niños reciben un diagnóstico de TDAH alrededor de los 7 años, mientras que en las mujeres este diagnóstico puede ocurrir alrededor de los 30 años; esto es porque las mujeres suelen presentar rasgos más sutiles que los observados en los hombres. Las mujeres tienden a enmascarar sus síntomas imitando consciente o inconscientemente comportamientos socialmente aceptables para integrarse, lo que dificulta el reconocimiento de su neurodivergencia y al mismo tiempo, conlleva a que sean infradiagnosticadas o diagnosticadas erróneamente retrasando el acceso a apoyos especializados.
En este artículo nos centraremos en las características del autismo femenino y las implicaciones para la evaluación e intervención logopédica.
En el contexto de la neurodiversidad, el autismo se considera una forma diferente de procesamiento de la información, percepción sensorial e interacción social. Históricamente, los criterios diagnósticos del TEA se desarrollaron a partir de estudios realizados principalmente con varones, lo que ha generado sesgos importantes en la identificación de niñas y mujeres autistas.
Hoy se reconoce que muchas mujeres presentan perfiles clínicos menos evidentes, especialmente en el ámbito de la comunicación social, lo que dificulta su detección temprana. Entre los factores que contribuyen a que las mujeres reciban un diagnóstico más tarde que los hombres destacan el hecho de que las mujeres tienen mayor capacidad para imitar conductas sociales; las expectativas culturales sobre el comportamiento femenino y la presencia de diagnósticos alternativos como ansiedad, depresión o trastornos de la alimentación. Como resultado, muchas mujeres llegan a la adolescencia o la adultez sin una explicación adecuada para sus dificultades sociales y comunicativas.
Uno de los fenómenos más estudiados en el autismo femenino es el camuflaje social o masking. Este proceso implica la utilización de estrategias para ocultar o compensar dificultades sociales y ocurre de manera consciente o inconsciente; algunos ejemplos de estas estrategias son: ensayar conversaciones previamente, observar e imitar expresiones faciales de otras personas, memorizar normas sociales, forzarse a mantener el contacto visual y reprimir conductas de autorregulación visibles. Estas estrategias pueden facilitar la adaptación social, pero generan un elevado desgaste emocional y cognitivo.
Muchas niñas o mujeres autistas presentan un desarrollo adecuado en aspectos formales del lenguaje como la fonología, morfosintaxis, vocabulario y comprensión literal, lo cual contribuye a que las dificultades pasen desapercibidas durante las primeras etapas del desarrollo.
Es más frecuente que las alteraciones se manifiesten en la pragmática, por ejemplo, en la interpretación de significados implícitos, comprensión de ironías y dobles sentidos, identificación de normas sociales no explícitas, en el manejo de conversaciones grupales y en la flexibilidad comunicativa según el contexto. Algunas veces estas dificultades son compensadas mediante aprendizaje explícito de reglas sociales.
Las mujeres autistas presentan una elevada prevalencia de condiciones asociadas que pueden enmascarar las características del autismo, entre ellas:
En tanto a la evaluación logopédica se recomienda analizar la comunicación en contextos naturales, pues las dificultades pragmáticas pueden ser más evidentes en interacciones espontánesas; así como explorar estrategias compensatorias y solicitar la colaboración de familiares, profesores y otros profesionales para obtener una visión más completa del funcionamiento comunicativo.
Desde la perspectiva de la neurodiversidad, la intervención debería desarrollar estrategias de comunicación funcional, promover la autorregulación emocional, reducir la sobrecarga social innecesaria y mejorar la calidad de vida y la participación social respetando las características individuales de cada persona.