El Trastorno Dismórfico Corporal es un grave trastorno. Si pensamos en Dismorfia, puede considerarse un trastorno de la percepción que hace que una persona vea partes de su cuerpo de una manera distorsionada, a menudo exagerando defectos mínimos o inexistentes. La adolescencia, una etapa marcada por la vulnerabilidad y la búsqueda de identidad, se ha consolidado como el escenario idóneo para el desarrollo de este trastorno.
«Miro el espejo y veo a otra persona. Sé que no es real, pero no puedo dejar de verlo así. Tengo 16 años y me odio cada día un poco más». Así comienza el testimonio de Pol, un adolescente que padece un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA) vinculado a la dismorfia corporal. Y no es un caso aislado.
Esta vivencia, lejos de ser una simple obsesión pasajera, define el Trastorno Dismórfico Corporal (TDC), una patología de salud mental cuya incidencia se ha disparado de forma preocupante en España.
Los datos recientes son contundentes. Según el Barómetro Juvenil de la Fundación FAD Juventud (1), la obsesión por la estética física entre los jóvenes de nuestro país creció 16 puntos en un periodo de tan solo dos años. Esta escalada no es casual: coincide con una era de exposición digital sin precedentes que está transformando por completo la relación que los menores tienen con sus propios cuerpos. Dos tercios de los casos comienzan formalmente a manifestarse en la adolescencia, un periodo crítico en el desarrollo neurológico y social.
El Trastorno Dismórfico Corporal es un grave trastorno (2). Si pensamos en Dismorfia, puede considerarse un trastorno de la percepción que hace que una persona vea partes de su cuerpo de una manera distorsionada, a menudo exagerando defectos mínimos o inexistentes. La adolescencia, una etapa marcada por la vulnerabilidad y la búsqueda de identidad, se ha consolidado como el escenario idóneo para el desarrollo de este trastorno.
En adolescentes con Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), como la anorexia o la bulimia, este fenómeno no es solo un síntoma: es el corazón del problema. Una prisión mental que ata a chicos y chicas frente al espejo, atrapados en una lucha cruel con su propio cuerpo.
Mireia tiene 15 años. Come una hoja de lechuga en la comida y después pasa horas caminando compulsivamente para «quemarla». En el vestuario del gimnasio evita mirarse al espejo, pero en casa se enfrenta a él continuamente:
«Miro la barriga, las caderas, los muslos... No puedo parar hasta que me siento fatal. Entonces dejo de comer. Es como si no fuera yo».
Esto es dismorfia. No se trata de vanidad ni de querer estar «guapo/a». Se trata de miedo, de angustia, de no reconocerse. De sentir que el cuerpo es un monstruo que hay que dominar, reducir, controlar.
En un contexto en el que los cánones estéticos se imponen a base de filtros de Instagram y vídeos de «transformación corporal» en TikTok, la percepción que muchos adolescentes tienen de su cuerpo se ve constantemente contaminada por ideales irreales e inalcanzables.
El Trastorno Dismórfico Corporal, no siempre implica un TCA (Trastorno de la Conducta Alimentaria), pero casi todos los jóvenes con TCA sufren algún grado de dismorfia. Es lo que alimenta el deseo obsesivo de perder peso, de restringir alimentos, de vomitar, de hacer ejercicio de forma extrema.
Pau, de 17 años, explica: «Cuando era pequeño me gustaba comer. Pero un día me dijeron que se me empezaba a notar la barriga. Fue como si me encendieran un interruptor. Ahora, cada vez que como, me siento culpable. En el espejo me veo gordo aunque los demás me digan que estoy delgado».
Esta experiencia no es exclusiva de las chicas, aunque los chicos a menudo son invisibilizados en estas problemáticas. Ellos también pueden sufrir anorexia, bulimia o trastornos como la vigorexia (obsesión por un cuerpomusculado), y la dismorfia juega en ellos un papel central.
Si hace diez años la dismorfia ya era un problema entre los adolescentes, hoy su impacto se ve multiplicado por la omnipresencia de las redes sociales. El uso constante de filtros que afinan la cara, esconde imperfecciones o alargan las piernas está cambiando la manera en que los jóvenes se ven a sí mismos.
Hay adolescentes que pasan más tiempo mirándose en una pantalla que en un espejo real. Esto crea una brecha entre el «yo digital» y el «yo físico» que puede hacer mucho daño. Cuando se miran al espejo sin filtros, la realidad les parece fea, insuficiente, inaceptable.
«Es como si al natural no me reconociera. Mi cara no es como la que sale en Instagram. Y me da vergüenza», dice Julia, de 14 años. Vergüenza. Esta es una palabra clave. La dismorfia genera vergüenza del propio cuerpo, del propio rostro, y esta vergüenza alimenta conductas destructivas: restricción alimentaria, autolesiones, aislamiento social.
La buena noticia es que la dismorfia se puede tratar. Pero hay que detectarla y ponerle palabras. A menudo los adolescentes que la sufren no saben que lo que les ocurre tiene un nombre. Pensar que «todo el mundo se ve mal» o que «es normal odiar tu cuerpo» forma parte del problema.
Los adultos —familias, docentes, profesionales de la salud— tenemos un papel fundamental. Hay que escuchar sin juzgar, preguntar cómo se sienten y observar conductas que pueden indicar una relación tóxica con el cuerpo o con la comida.
El tratamiento pasa habitualmente por la terapia psicológica y, en los casos más graves, por un abordaje multidisciplinar que incluye a psicólogos, nutricionistas y médicos. Lo más importante es no minimizar el sufrimiento. Decir «son cosas de la edad» o «ya se le pasará» puede hacer que el problema se enquiste.
La lucha contra la dismorfia no pasa solo por el ámbito clínico. Como sociedad, tenemos que aprender a mirar los cuerpos con más compasión y menos juicio. Y debemos educara los jóvenes en una diversidad corporal real, con referentes saludables, con discursos que no se centren en la pérdida de peso, sino en el bienestar y la autoestima.
Los adolescentes no han de ser esclavos del espejo ni de un ideal estético. Necesitan saber que valen por quien son, no por lo que aparenta su físico.
«Estoy aprendiendo a mirarme con otros ojos», dice Laia, después de meses de terapia. «No es fácil. Pero cada vez hay más días en los que no me hago daño con las palabras cuando me miro al espejo».
Eso, precisamente, es el camino. Dejar de ver el cuerpo como un enemigo. Dejar de creer lo que dice la dismorfia. Y empezar a construir una relación más amable con uno mismo. Una relación que no empiece con un «maldito cuerpo», sino con un «estoy intentando quererme».
Si conoces a alguien que podría estar sufriendo un trastorno de la conducta alimentaria o dismorfia corporal, ponteen contacto con un profesional de la salud mental.(3)
Referencias