Los niños necesitan conversar, sentirse en confianza y tener oportunidades para desarrollar su lenguaje. Hablar con ellos y responder sus preguntas también les da seguridad. Sin embargo, si un niño cree que contar algo puede causar problemas o preocupar a su familia, quizá prefiera callar u ocultar lo ocurrido.
Los niños necesitan sentirse seguros para jugar, aprender y convivir. Pero cuando la violencia forma parte de su entorno, el miedo puede acompañarlos incluso en actividades cotidianas. Como padres y profesionales que trabajamos con ellos, necesitamos reconocer cómo les afecta y qué podemos hacer para acompañarlos.
¿Cómo les explicamos lo que ocurre cuando nosotros mismos tenemos miedo? No siempre podemos evitar lo que sucede a nuestro alrededor ni tenemos todas las respuestas. Pero sí podemos escuchar sus preguntas, observar cómo les está afectando lo que viven y explicarles qué haremos para protegerlos en casa, en la escuela y en los espacios donde reciben atención.
Algunos niños lloran o buscan estar cerca de sus padres cuando tienen miedo. Otros se aíslan, se enojan con facilidad o parecen no sentir nada. También podemos notar:
Un niño puede volver a mojar la cama, pedir dormir acompañado o asustarse con sonidos que antes toleraba. Estas conductas pueden ser respuestas ante una situación para la que aún no cuenta con suficientes recursos de comprensión y afrontamiento. Aunque no diga que tiene miedo, los cambios en su comportamiento merecen nuestra atención.
Por sí sola, ninguna de estas señales permite conocer la causa. Necesitamos observar cuándo comenzaron, si se mantienen y qué tanto afectan su vida cotidiana. Antes de sacar conclusiones, conviene preguntarnos qué le puede estar pasando. No es lo mismo una reacción ocasional que un cambio persistente que empieza a interferir con el sueño, el aprendizaje o la convivencia.
Los niños necesitan conversar, sentirse en confianza y tener oportunidades para desarrollar su lenguaje. Hablar con ellos y responder sus preguntas también les da seguridad. Sin embargo, si un niño cree que contar algo puede causar problemas o preocupar a su familia, quizá prefiera callar u ocultar lo ocurrido. Algunos dejan de preguntar, contestan con pocas palabras o cambian de tema cuando hablamos de lo que pasó.
Otros cuentan una y otra vez la misma historia, dibujan situaciones de peligro o representan escenas violentas mientras juegan. Podemos prestar atención a lo que expresan sin apresurarnos a interpretar sus dibujos o sus juegos. Escucharlos no significa exigirles una explicación de todo lo que hacen ni dar por hecho que sabemos lo que representa.
Cuando un niño está constantemente alerta, también puede costarle trabajo atender una explicación, seguir instrucciones o aprender. Esto no significa necesariamente que haya perdido esas habilidades: la preocupación puede dificultar que concentre su atención en otras actividades.
Si solo nos fijamos en que no pone atención o no participa, podemos pasar por alto lo que está viviendo y juzgar su comportamiento sin comprender qué lo está afectando.
A veces evitamos hablar de lo que ocurre para no preocuparlos. Sin embargo, los niños ven nuestros rostros, escuchan conversaciones que interrumpimos cuando se acercan y notan los cambios de rutina, aunque no sepan a qué se deben. Podemos decirles que todo está bien mientras actuamos de una manera que les hace pensar lo contrario.
Queremos protegerlos, pero guardar silencio puede dejarlos con preguntas que no se atreven a hacernos. Necesitan poder preguntar lo que no entienden o les preocupa. Eso no significa darles detalles crueles ni mostrarles imágenes violentas. Podemos explicar lo necesario con palabras que comprendan según su edad:
—Hay una situación de riesgo y por eso hoy permaneceremos en casa. Estoy contigo y puedes preguntarme lo que necesites.
Tampoco podemos prometerles que nada malo sucederá. Sí podemos decirles qué medidas vamos a tomar, quién estará con ellos y a qué adulto pueden acudir si necesitan ayuda. Son explicaciones concretas sobre lo que haremos, no garantías que están fuera de nuestro alcance.
Podemos reconocer que también estamos preocupados, sin colocarlos en la posición de tener que consolarnos: «Yo también estoy preocupado, pero estoy aquí contigo y vamos a seguir las indicaciones para cuidarnos». Nos corresponde cuidarlos; no podemos hacerlos responsables de que nosotros nos sintamos mejor.
Después de una experiencia difícil, habrá momentos en que quiera hablar y otros en que prefiera jugar o estar acompañado sin contar lo ocurrido. Que no hable del tema no significa que ya no le preocupe; que vuelva a mencionarlo tampoco significa, por sí solo, que esté empeorando. Necesitamos observar cómo se encuentra, sin exigirle que responda siempre de la misma manera ni que pueda explicar todo lo que siente.
Cuando observamos el desarrollo de un niño, no basta con revisar cómo pronuncia, cuántas palabras conoce o cómo le va en la escuela. Si habla menos, deja de participar o tiene dificultades para concentrarse, necesitamos comprender qué le ocurre antes de ponerle una etiqueta. El miedo puede afectar su comunicación, su conducta y su aprendizaje; por eso, conocer las circunstancias en las que aparecen estos cambios es parte de la valoración.
Acompañarlo puede ayudarle a sentirse más seguro y a afrontar lo ocurrido. Pero protegerlo no puede depender únicamente de cuánto logre adaptarse a su entorno ni de lo que su familia pueda hacer por él. Su capacidad para sobrellevar una situación no hace que esa situación deje de ser peligrosa.
Los niños necesitan tiempo para jugar, aprender y descubrir, sin estar pendientes de posibles peligros. Escucharlos también nos obliga a mirar las condiciones en las que están creciendo. No podemos pedirles que dejen de sentir miedo sin ocuparnos de lo que se los provoca.
En Espacio Logopédico queremos acompañarte en cada etapa del desarrollo de tus hijos. Si tienes dudas, consulta con nuestros especialistas: estamos aquí para ayudarte a construir un entorno saludable y lleno de amor.
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