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Las heridas de los padres y su efecto en la crianza

Muchas madres y padres se prometieron no repetir lo que recibieron. Por eso duele descubrirse gritando, amenazando o cerrándose emocionalmente. Ese dolor merece atención, no condena. Haber vivido experiencias traumáticas no convierte a nadie en una mala madre o un mal padre, ni significa que inevitablemente dañará a sus hijos.

Raquel Guerrero Enviar mensaje a colaborador | 1/11/2026

El hijo de Luz llora y ella siente una irritación difícil de contener. Cuando él se niega a hacer algo, Luz levanta la voz. Después, al recuperar la calma, se pregunta: «¿Por qué reaccioné así si me prometí hacerlo diferente?».

El cansancio, las preocupaciones y la falta de apoyo pesan en la crianza. Pero, en ocasiones, también interviene la historia de quien cuida: una experiencia de miedo, humillación, violencia o desamparo encuentra resonancia en una escena cotidiana.

A veces, la intensidad de una reacción no se explica solo por lo que acaba de ocurrir, sino también por lo que ocurrió hace muchos años.

Crecer no borra lo vivido.

Algunas experiencias de la infancia siguen doliendo con los años, incluso cuando no las tenemos presentes o no alcanzamos a reconocer de dónde viene ese dolor.

Su huella puede aparecer en la dificultad para confiar, la necesidad de control o el temor de que un desacuerdo termine en rechazo. También puede sentirse en el cuerpo: tensión, sobresalto o una urgencia de defenderse antes de comprender qué está pasando.

No toda experiencia dolorosa produce un trauma ni todas las personas responden igual. Sin embargo, cuando el sufrimiento desbordó los recursos disponibles, especialmente sin alguien que ofreciera protección, algunas formas de defensa pueden permanecer hasta la vida adulta.

Hay quienes aprendieron a callar para evitar un castigo, a vigilar el ánimo de los demás para anticipar una agresión o a no pedir nada por miedo al rechazo. Lo que entonces les ayudó a protegerse puede, años después, dificultar la cercanía con quienes aman.

Cuando la crianza toca una herida

Un niño que llora necesita acompañamiento para comprender y regular lo que siente. Pero si su madre o su padre recibió castigos por llorar, ese llanto puede despertar enojo o una necesidad inmediata de hacerlo callar. Tal vez aparezca la frase que escuchó en su infancia: «No es para tanto».

La negativa de una hija puede sentirse como una afrenta para quien creció donde obedecer era la única forma de evitar problemas. Su desacuerdo, que podría requerir una conversación o un límite, se vive entonces como una amenaza a la autoridad.

También puede ocurrir lo contrario. Quien conoció el abandono o la desprotección quizá intente evitarles a sus hijos cualquier frustración: resuelve por ellos, cede cuando necesita sostener un límite o vive su autonomía con un miedo difícil de explicar.

Son posibilidades, no reglas: una misma reacción puede tener causas distintas. Conviene prestar atención cuando la intensidad de lo que siente el adulto parece desbordar la situación presente.

El llanto, el desacuerdo o la necesidad de independencia de un hijo no son, por sí mismos, ataques contra quien lo cuida. Son parte de un desarrollo que necesita acompañamiento y límites.

Querer hacerlo diferente no siempre es suficiente

Muchas madres y padres se prometieron no repetir lo que recibieron. Por eso duele descubrirse gritando, amenazando o cerrándose emocionalmente.

Ese dolor merece atención, no condena. Haber vivido experiencias traumáticas no convierte a nadie en una mala madre o un mal padre, ni significa que inevitablemente dañará a sus hijos. Pero el amor no siempre proporciona las herramientas que no se tuvo oportunidad de aprender.

Una persona puede saber cómo quiere criar y, aun así, reaccionar de otra manera cuando está desbordada. Las respuestas más conocidas pueden aparecer antes que las elegidas.

Reconocerlo permite cambiar la pregunta: en lugar de quedarse en «¿por qué soy así?», puede explorar «¿qué temo que pase?» y «¿qué necesito atender para responder de otra manera?».

Comprender la historia no justifica lastimar

La infancia de una persona puede ayudar a explicar una reacción, pero no elimina su responsabilidad por las consecuencias. Si una madre o un padre grita, humilla o asusta a su hijo, el dolor del niño necesita ser reconocido, aunque la intención haya sido corregirlo o protegerlo.

Decir «con todo lo que yo sufrí, tú no tienes de qué quejarte» cierra el diálogo y puede hacer que el hijo sienta que su experiencia no tiene lugar.

Los hijos pueden conocer aspectos de la historia familiar de manera adecuada para su edad. Lo que no les corresponde es consolar a sus padres por ella, cuidar su equilibrio emocional o dejar de expresar sus necesidades para evitar que se alteren.

Atender las heridas de la propia infancia es una tarea adulta. Buscar apoyo es válido; depositar esa responsabilidad en los hijos no lo es.

Entre sentir y actuar puede haber una pausa

No siempre es posible impedir que aparezca una emoción. Sí es posible aprender, con tiempo y apoyo, a reconocerla antes de actuar.

A veces el primer aviso es corporal: la mandíbula se aprieta, la voz sube, el pecho se tensa. Otras veces aparece un pensamiento: «me está retando», «no le importo», «si cedo, perderé el control».

Notar esas señales puede ayudar a madres y padres a preguntarse:

  • ¿Qué está haciendo mi hijo y qué estoy interpretando yo?
  • ¿La intensidad de mi reacción corresponde a esta situación?
  • ¿Necesita un límite, consuelo o ayuda para expresarse?
  • ¿Qué necesito para responder sin lastimarlo?

Una pausa breve puede ayudar, siempre que el niño quede seguro y acompañado según su edad. Pedir apoyo a otro adulto también es una forma de cuidado. No se trata de renunciar a los límites, sino de sostenerlos sin recurrir al miedo ni a la humillación.

Si ya hubo una reacción que lastimó, hace falta reparar. Una disculpa puede ser clara: «Te grité y eso no estuvo bien. Estaba muy alterado, pero no era tu responsabilidad calmarme. Voy a trabajar para responder de otra manera».

La disculpa importa, pero no basta: necesita acompañarse de cambios que el hijo pueda reconocer.

La huella no tiene que decidir el futuro

Revisar la propia infancia puede despertar tristeza, enojo o dolor. No es necesario forzar recuerdos ni enfrentar todo de una vez. El acompañamiento profesional puede ayudar a comprender esas respuestas y construir otras, especialmente cuando se repiten, desbordan al adulto o ponen a alguien en riesgo.

Tampoco se parte de cero. Los vínculos protectores, las experiencias de cuidado y los recursos construidos a lo largo de la vida pueden sostener el cambio. La historia de una persona incluye el daño, pero no se reduce a él.

Criar no exige una infancia sin heridas ni una serenidad permanente. Requiere disposición para reconocer lo que ocurre, asumir el efecto de las propias acciones y buscar ayuda cuando sea necesario.

Ninguna madre ni ningún padre puede cambiar la infancia que tuvo. Sí puede trabajar para que ese dolor no gobierne la que ofrece.

Los hijos no vienen a reparar el pasado de sus padres. Son los adultos quienes, al cuidar de sus propias heridas, pueden abrir espacio para una historia distinta con sus hijos.

En Espacio Logopédico queremos acompañarte en cada etapa del desarrollo de tus hijos. Si tienes dudas, consulta con nuestros especialistas: estamos aquí para ayudarte a construir un entorno saludable y lleno de amor.



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