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El niño que no habla. (Parte II)

Hasta los tres años, pues, hay un lenguaje de tipo infantil en sus tres vertientes (semántica, morfosintáctica y fonológica) que marca el inicio de lo que será el lenguaje interior. Después de los tres años el niño enriquece su producción verbal debido a que se multiplica su interacción con el ambiente al ser incluido en la escolaridad inicial.

Ramiro Campos | 1/03/2013
La posterior evolución es a través tanto de la palabra-frase, ejemplo máximo del lenguaje infantil que se basa en el poder generalizador de la palabra y la extensión de significados, cuanto de la adquisición cada vez más compleja y progresiva de la articulación de los fonemas propios de nuestra lengua en lo que algunos autores han llamado los estereotipos fonemáticos, base para los estereotipos verbales.
 
A la palabra-frase le sigue, en el segundo semestre del segundo año, el tiempo de la palabra yuxtapuesta, o sea, la unión significativa fonético-fonológica (no gramatical), con gran contenido de la gramática o sintaxis infantil) en el tercer año, que poco a poco va enriqueciéndose gracias a la extensión del vocabulario, el que recién después de los tres años se acercará en su uso al del adulto.
 
Hasta los tres años, pues, hay un lenguaje de tipo infantil en sus tres vertientes (semántica, morfosintáctica y fonológica) que marca el inicio de lo que será el lenguaje interior.Después de los tres años el niño enriquece su producción verbal debido a que se multiplica su interacción con el ambiente al ser incluido en la escolaridad inicial.
 
En ésta el lenguaje constituye una obligatoria necesidad de comunicación por lo que su uso, el progresivo incremento de sus contenidos significativos y el aspecto formal de su expresión en forma cíclica contribuyen a su progreso.
 
El ingreso al primer grado marca también la etapa en la que el niño utiliza un lenguaje similar al del adulto (en sus significados y en su pronunciación) y que debido a las exigencias académicas cada vez más crecientes florece en todos sus aspectos.
 
Finalmente, después de los once o doce años el niño, en las puertas de la adolescencia, posee ya un lenguaje interior suficiente y el dominio semántico, morfosintáctico y fonológico del lenguaje receptivo-expresivo, lo que le permitirá ingresar al mundo literario y al de la poesía.
 
La riqueza lingüística de las influencias sociales, profesionales y laborales a las que se vea sometido en sus edades posteriores y el uso que haga de ella determinará una permanente evolución de esta magna función en el ya adulto.

 

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