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Edad, estimulación y preparación. Implante coclear, lenguaje, lengua y habla (parte IV)

El mecanismo del lenguaje se pone en marcha y mantiene el círculo virtuoso con la adquisición de la lengua y el enriquecimiento del pensamiento, sólo si puede incorporar los sonidos del habla organizados como una lengua natural, que se expresa de manera espontánea y significativa. Los sonidos (¡y mucho menos de las letras!), de la pronunciación de fonemas o palabras aisladas, de las categorías y reglas del español, no son los estímulos que requiere el cerebro para cumplir su función. 

Carlos Sanchez | 15/10/2016

A/De la edad  a la que se realiza el implante.  

Decíamos más arriba que desde los primeros meses de vida el niño oyente empieza a procesar los sonidos del habla no como estímulos aislados sino como parte de una lengua natural. Un estudio reciente demuestra claramente que entre los 6 y los 8 meses de edad los niños hacen una selección estadística de los sonidos de la lengua que van a aprender espontáneamente. Esto quiere decir que su cerebro incorpora los sonidos propios de la que será su lengua primera y que rechaza los sonidos que no pertenecen a esa lengua. Algo muy importante: el cerebro sólo hace este trabajo si tiene a disposición personas que hablan espontáneamente la lengua natural en cuestión, y no puede hacerlo si los estímulos que le llegan provienen de un radio o un televisor, o si se pretende enseñarlos en forma aislada. No hay una didáctica del lenguaje. Es imprescindible la presencia, y más que eso, la interacción de personas, de seres humanos, para que el cerebro pueda realizar sin dificultades su función.

Entonces, si un niño sordo es implantado antes de cumplir el primer año de vida, los sonidos que lleguen a su cerebro vehiculizados por el español que la gente habla normalmente en su entorno, podrán ser incorporados como sonidos de la que será su lengua primera. Y es de esperar que en estas condiciones, el niño pueda desarrollar a plenitud su lenguaje y su inteligencia. Es de suponer – en términos  especulativos, pero con una firme base empírica – que esta capacidad del cerebro no se pierde de un día para el otro, y que existe la probabilidad de que se mantenga más allá del primer año de vida, aunque también es lícito suponer que se vaya perdiendo paulatinamente.  

Pero el proceso no se detiene a este nivel, sino que recién empieza. Una vez que el niño oyente ha seleccionado los sonidos que conforman la lengua de su entorno, empezará a darle significado al habla de la gente que lo rodea. No como sonidos aislados que puede reconocer, sino como frases y palabras cargadas de significado.  Y así es como irá descubriendo las reglas que son propias de esa lengua, y que le permiten comprender y expresar sus ideas. De tal modo que antes de los 7 años de edad, todo niño normalmente oyente llega convertirse en un usuario plenamente competente de su lengua primera.

En conclusión, el éxito del implante dependerá de que los sonidos lleguen a los centros del lenguaje - ¡que deben encontrarse indudablemente indemnes! - del niño implantado, para que el cerebro empiece a hacer la selección de los componentes de la lengua de su entorno. Y para eso, uno de los factores determinantes es la edad en que se realiza el implante. Esto ya les puede dar a los padres una idea de lo que pueden o no esperar, dependiendo de la edad en que el niño haya sido implantado. Los padres deberían conocer esto a la hora de tomar una decisión. Aunque no podemos hablar en términos absolutos, es obvio que de un implante realizado después de los 10 o 12 años no se puede esperar que logre un desarrollo óptimo del lenguaje. Pero tampoco es posible afirmar sin lugar a dudas que el proceso va a ocurrir normalmente y que a antes de los 7 años de edad el niño implantado habrá pasado a ser oyente, porque pueden incidir otros factores en la evolución en cada caso.


B/De la estimulación que recibe el niño luego del implante

Hemos visto que el mecanismo del lenguaje se pone en marcha y mantiene el círculo virtuoso con la adquisición de la lengua y el enriquecimiento del pensamiento, sólo si puede incorporar los sonidos del habla organizados como una lengua natural, que se expresa de manera espontánea y significativa. También hemos visto que la “enseñanza” de los sonidos (¡y mucho menos de las letras!), de la pronunciación de fonemas o palabras aisladas, de las categorías y reglas del español, no son los estímulos que requiere el cerebro para cumplir su función. Por lo que nada de eso hace que el niño “aprenda a hablar”, que es lo que desean sus padres.

Se dice que el éxito del implante depende en buena medida de la “calidad” de los estímulos que reciba el niño implantado. Y esto, definitivamente, no tiene sentido. ¿Cómo se podría medir la calidad de la “lengua natural” que recibe un niño para impulsar su mecanismo de lenguaje? Una lengua natural es “todo o nada”. Si el niño implantado participa en intercambios lingüísticos en español (o en la lengua que se hable normalmente en su entorno), no puede haber estímulo de mejor calidad. Obviamente, tendríamos que rechazar toda situación en la que al niño implantado se le hable “medio bien” en español, o se le hable mitad en español y mitad en otro idioma, mezclando las reglas gramaticales y distorsionando los fonemas y la sintaxis que son propios del español. 

En cuanto a la “cantidad” del estímulo, no es posible determinar con precisión el número mínimo de horas diarias que un niño debe estar escuchando o hablando en un entorno normal de lenguaje,  para alcanzar un adecuado desarrollo cognitivo y del lenguaje.  Pero lo que sí se puede afirmar es que a todo niño que oye, le bastan unas pocas horas de interacción natural con adultos significativos de su entorno, para que ese desarrollo se cumpla satisfactoriamente.

Se sabe que los niños, en materia de lenguaje, son verdaderas “esponjas” que absorben todos los elementos que puedan enriquecer su conocimiento. Los niños oyentes están ávidos por “escuchar” lo que hablan los mayores; el habla de las personas de su entorno concita su atención desde los primeros  momentos de su vida, y este comportamiento es instintivo. ¿Por qué lo que se habla en el entorno atrapa su atención en momentos en que por su edad es lógico suponer que no comprenden el contenido de la conversación?  La respuesta es una y única: porque algo están aprendiendo. No hace falta exigirles que presten atención cuando algo les interesa; pero es inútil exigirles que presten atención cuando algo no les interesa. Los niños no prestan atención  cuando lo que están oyendo no les aporta nada nuevo o cuando lo que oyen no les es inteligible.

Es indudable que cuando una conversación les interesa es porque están “aprendiendo” algo, aunque no podamos saber qué es lo que están aprendiendo. Por ejemplo, en un momento dado, el niño “aprende” que en español el orden más frecuente de las palabras es: S (sujeto) – V (verbo) – O (objeto). En otras lenguas este orden puede ser diferente, y de hecho lo es en las lenguas de señas. En otro momento, o podría ser simultáneamente, puede estar aprendiendo cómo se forman los diminutivos, los aumentativos o ciertas formas de conjugación. El hecho de que “aprendan” sin ningún esfuerzo aparente y sin que nadie se dé cuenta de que están aprendiendo y menos aún de qué es lo que aprenden, hace que sólo podamos apreciar lo aprendido por la aplicación, el uso de esos aprendizajes. Así, cuando un niño dice que algo está “rompido”, lo que muestra es que él ha internalizado la regla general de formación de los participios, aunque por supuesto, no ha podido tomar en cuenta las excepciones. Cuando pregunta: “¿por qué?” incontables veces en el día, cuando se emociona con una fábula o un cuento, cuando entiende órdenes complejas o cuando nos sorprende utilizando en forma más o menos correcta expresiones metafóricas, entonces podemos estar seguros de que está en capacidad de apropiarse de su lengua primera. 

Esto es lo que debería esperarse del cerebro de un niño implantado, que al oír los sonidos del habla, procesa los datos que recibe de la lengua, y pone en marcha el mecanismo virtuoso que habrá de culminar con un desarrollo óptimo del lenguaje y cognitivo. Esto es lo que debería facilitar y evaluar cualquier “rehabilitación” o “terapia”. Pero la “rehabilitación” consistente en la repetición mecánica de fonemas, la articulación de sonidos, palabras o pseudopalabras en nada se parece a la estimulación natural que es la que el cerebro necesita para procesar los elementos de la lengua. Entonces, este tipo de terapia aparece a todas luces como inconducente, cuando no contraproducente o nociva.  

SI después del implante el niño oye los sonidos del habla, no sólo el mejor, sino el único “estímulo” apropiado es el que resulta de la incorporación de ese niño a un entorno que utilice normalmente el español, siendo especialmente adecuado para ello el entorno familiar con padres, hermanos y demás familiares oyentes, hablantes competentes de la lengua oral. 


C/De la preparación del niño previa al implante
Desde el punto de vista del lenguaje, la preparación previa no parece tener algún sentido, y menos si se considera que ésta se lleva a cabo utilizando  básicamente las técnicas más tradicionales de la “rehabilitación” oralista.

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