Para el desarrollo óptimo del lenguaje es condición necesaria y suficiente la inmersión del niño desde los primeros momentos de su vida, en un entorno en el que se haga uso espontáneo y significativo de una lengua natural. Los niños sordos hijos de padres oyentes no tienen la posibilidad de oír, por lo que la única lengua natural que puede hacer que el lenguaje se desarrolle en forma óptima es la inclusión en un entorno de lengua de señas.
Mucho se ha discutido sobre la condición de discapacidad de los sordos. Los defensores de las opiniones más radicales niegan la discapacidad aduciendo que la comunidad de los sordos constituye una minoría lingüística, perdiendo de vista que la discapacidad está determinada por la falta o la disminución de una capacidad que habitualmente está presente en los seres humanos.
Es así que la pérdida de la percepción auditiva determina una discapacidad notoria: la auditiva. Pero esto no pasaría de ser una cuestión meramente semántica. La comunidad de los sordos, con su discapacidad, podría de igual manera conformar una minoría lingüística, que algunos han homologado con las comunidades indígenas.
Sin embargo, hay algo que no se había tomado en cuenta hasta el momento actual. La discapacidad auditiva, es decir, la pérdida o la disminución de la percepción auditiva trae aparejada una consecuencia mucho más grave: la privación lingüística que se manifiesta como una discapacidad de lenguaje. La falta o la pérdida de un lenguaje desarrollado plenamente, que es algo propio de la especie humana.
Esta discapacidad no figura como tal en la lista de discapacidades, y ha sido ignorada o negada con una persistencia digna de mejor causa. No ha sido reconocida en la educación de los sordos ni en su inserción en la comunidad de los oyentes. Se ha querido hacer ver que la única diferencia entre sordos y oyentes es la falta de audición, a decir del dictum: “un sordo puede hacer todo lo que hace un oyente, excepto oír”.
Esto ha llevado a pretender que los sordos pueden desempeñarse como si tuvieran un lenguaje óptimo, explicando los retrasos o fracasos académicos como si fueran algo circunstancial, y las particularidades o las carencias cognitivas, sociales o emocionales como propias de la sordera. Así, a título anecdótico se describieron rasgos de la personalidad de los sordos como algo que en ocasiones rayaban lo caricaturesco.
El problema es que no se ha descrito objetivamente en qué se manifiesta una carencia de lenguaje. Cuando se quiere ejemplificar dicha situación se recurre a una casuística más cercana a lo imaginario, como es la que alude a los niños abandonados criados por animales o encerrados sin contacto con adultos que les pudieran proveer de un entorno lingüístico. Las conclusiones son inconsistentes y no dan cuenta de la realidad de los niños sordos hijos de padres oyentes, que crecen durante los primeros años de su vida privados de todo entorno lingüístico.
El desarrollo del lenguaje en estos niños ofrece un muestrario muy variado, porque depende del remanente auditivo, al igual que de otros factores tales como el uso de señas caseras, así como la atención temprana. Los resultados de la privación lingüística pueden ser muy variados en distintas áreas: limitaciones de aprendizaje, de acceso al razonamiento lógico, la dificultad de ponerse en la situación de los otros, la invariable falta de comprensión de la lectura, entre otros.
Lejos de esto hay una tendencia médica a reunir las manifestaciones de la privación lingüística como un “síndrome”, que se ubicaría en el terreno de la enfermedad mental. Así, se describen situaciones paranoides, caracteriales, temperamentales, que merecerían tratamientos psiquiátricos. No son raras las vinculaciones entre sordera y alteraciones mentales, divulgadas en torno a comportamientos anómalos.
Un colega propone una conferencia sobre el tema con el título: “el lenguaje no espera”. Nos parece acertado el abordaje, porque vincula la privación lingüística con el lenguaje. Porque en eso consiste la gravedad y la urgencia de la situación. El lenguaje, definido como un instrumento mental específico de la especie humana, que permite una comunicación infinita y creativa, y un pensamiento complejo, abstracto, propio de los seres humanos.
Para el desarrollo óptimo del lenguaje es condición necesaria y suficiente la inmersión del niño desde los primeros momentos de su vida, en un entorno en el que se haga uso espontáneo y significativo de una lengua natural. Los niños sordos hijos de padres oyentes no tienen la posibilidad de oír, por lo que la única lengua natural que puede hacer que el lenguaje se desarrolle en forma óptima es la inclusión en un entorno de lengua de señas.
Referencias
1/Alejandro Oviedo/ video. Febrero de 2026 “El lenguaje no espera”
2/ Glickman, N. S., & Hall, W. C. (2018). Language Deprivation and Mental Health: A Review of the Literature. Journal of Deaf Studies and Deaf Education, 23(2), 141-152.
3. Morales López, E. (2019). Bilingüismo intermodal: Lengua de signos y lengua oral en la educación de los sordos. Revista de Logopedia, Foniatría y Audiología, 39(1), 1-10.
4/ Rodríguez Mondoñedo/ (2020) Privación lingüística. El caso de las lenguas de señas”