El estrés crónico puede afectar diversos procesos implicados en el lenguajes y la comunicación. Sus efectos sobre la atención, la memoria, las funciones ejecutivas y la regulación emocinal pueden manifestarse como dificultades en la fluidez verbal, la organización discursiva, la comprensión y la pragmática.
El estrés es una respuesta adaptativa que permite al organismo afrontar situaciones percibidas como amenazantes, pero, cuando esta respuesta se mantiene de forma prolongada, puede producir alteraciones fisiológicas y neurocognitivas que afectan múltiples dominios funcionales.
El cerebro humano no está diseñado para mantenerse en alerta las 24 horas del día; necesita periodos de baja estimulación para realizar funciones vitales de consolidación de la memoria y mantenimiento celular.
El estrés crónico repercute sobre el funcionamiento cognitivo, emocional y comunicativo de las personas, comprometiendo procesos relacionados con la atención, la memoria de trabajo, la velocidad de procesamiento y las funciones ejecutivas. Todas estas capacidades constituyen la base de numerosas habilidades lingüísticas; debido a ello, existe un creciente interés por comprender cómo la exposición prolongada al estrés puede afectar distintos componentes del lenguaje.
Existe una relación entre el tipo de emisión de la voz y el estado psicológico y emocional en que se encuentra una persona; el estrés afecta la voz mucho más de lo que creemos. El habla se vuelve ansiosa, agitada, rápida y tiene escasas variaciones tonales. Esto lo podemos observar más fácil en personas nerviosas que hablan de forma atropellada con una emisión del discurso más rápido y con menor número de pausas.
El ritmo de la respiración varía en función de nuestras emociones y de nuestra actividad mental o física, por tanto, en determinadas emociones el músculo del diafragma reacciona con tensión y va a provocar que la fonación sea deficiente. Esta tensión se puede ampliar a otros grupos musculares como la musculatura del cuello y la laringe.
La respuesta al estrés implica principalmente la activación del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, lo que provoca la liberación sostenida de cortisol. Cuando los niveles de cortisol permanecen elevados durante largos periodos, pueden producirse cambios funcionales y estructurales en regiones cerebrales relacionadas con el procesamiento lingüístico y cognitivo, entre ellas:
Alteraciones en el acceso léxico
En una persona sometida a elevados niveles de estrés pueden observarse: incremento de pausas durante el discurso; dificultad en la evocación léxica; mayor frecuencia de circunloquios y reducción de la fluidez verbal. Estas dificultades son más evidentes en situaciones que demandan rapidez de respuesta o una elevada carga cognitiva.
Alteraciones en la organización discursiva
Algunos individuos presentan un discurso menos organizado; pérdida del hilo conversacional; dificultad para estructurar narraciones complejas y menor coherencia global del discurso.
Problemas de comprensión
Entre las manifestaciones más habituales se encuentran la dificultad para seguir instrucciones largas; problemas para comprender mensajes complejos; nevesidad de solicitar repeticiones frecuentes y menor retención de información verbal.
Alteraciones pragmáticas
Pueden aparecer menor capacidad para interpretar claves sociales; incremento de respuestas impulsivas; dificultad en la regulación conversacional y problemas para adaptar el discurso al contexto.
El estrés crónico también cambia la forma en la que el cerebro interpreta los sonidos. Un estudio realizado en la Universidad Ben-Gurion del Néguev (Israel) señala que el estrés prolongado debilita la respuesta del cerebro a los sonidos más suavez, mientras que conserva su sensibilidad a los más fuertes.
Durante la infancia, la exposición prolongada a situaciones estresantes (conflictos familiares persistentes, acoso escolar, entornos inseguros, etc.) presentan mayor riesgo de retrasos en el desarrollo del lenguaje; dificultades narrativas; problemas pragmáticos y menor rendimiento académico relacionado con habilidades verbales.
El estrés laboral se puede manifestar como fatiga crónica; disminución de la fluidez verbal; errores frecuentes en la comunicación oral; problemas de concentración durante conversaciones y dificultad para realizar presentaciones complejas.
La intervención logopédica debe adoptar un enfoque biopsicosocial que considere tanto los aspectos lingüísticos como los factores emocionales. La colaboración interdisciplinaria produce mejores resultados que una intervención aislada. Reconocer la influencia del estrés permite comprender mejor ciertas dificultades comunicativas que no siempre se explican por alteraciones neurológicas o estructurales evidentes.