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Hacia una pedagogía orientada a la persona humana (Parte III)

Si no se respeta la diferencia no estamos formando, más bien estamos "homogeneizando" masas de personas. Y ese es precisamente uno de los puntos más importantes que tendrían que tenerse en cuenta en educación: Se trata de encontrar potencialidades diversas, no de estandarizar, llevar al mismo punto, diversas potencialidades.

 1. Los encuentros interpersonales

 
Una de las experiencias que contribuyen de manera más definitiva en el conocimiento personal es el encuentro con el otro. En el encuentro nos redefinimos, reconocemos lo que nos hace seres particulares, únicos, "especiales", pues es precisamente por esas características vistas por el otro, que se da la atracción y el gusto por estar juntos. Lo anterior se cumple particularmente en las relaciones de amistad, y más específicamente en las relaciones de pareja.
 
Sin embargo, en otros tipos de relación, por ejemplo madre/padre-hijo, alumno-maestro, psicoterapeuta-cliente, la relación entre compañeros, entre colaboradores, entre hermanos, se da también un reconocimiento especial de la persona que tenemos enfrente. Es decir, de manera natural, tal vez intuitiva, sabemos, alcanzamos a ver algo del "material" del que está hecho el individuo con el que nos estamos relacionando. Y eso puede ser de nuestro agrado o no serlo. Normalmente cuando nos agrada el otro, cuando disfrutamos de estar con él, es porque hay algo que conecta, algo en lo que nos sentimos identificados, es decir, reconocemos en el otro, algo que nos es familiar, algo propio. Nos vemos reflejados en el otro, nos gusta esa forma de expresión de un "algo" que también es nuestro.
 
Y también encontramos diferencias, que por serlo nos siguen definiendo: El otro es así, pero yo no. En la relación maestro-alumno, o madre/padre-hijo es muy patente la cuestión de las diferencias individuales. Ese es parte del atractivo de la tarea educativa que se da en casa y en la escuela, poder participar del reconocimiento de tantas "individualidades" o maneras de ser. En este sentido, el respeto a las diferencias, a lo que hace de una persona un ser único, es fundamental en la labor formativa. Es decir, se parte de un respeto a la diferencia.
 
2. El derecho a la "diferencia"
 
Si no se respeta la diferencia no estamos formando, más bien estamos "homogeneizando" masas de personas. Y ese es precisamente uno de los puntos más importantes que tendrían que tenerse en cuenta en educación: Se trata de encontrar potencialidades diversas, no de estandarizar, llevar al mismo punto, diversas potencialidades.
 
Esta es una de las cuestiones que encuentra más dificultad en los diversos medios educativos, hablando de escuelas y de hogares: Se piensa que educar, que formar, es llevar a la persona (alumno, hijo) a una determinada forma, meterlo en un determinado molde, en lugar de pensar que todo lo que tenemos que hacer es ser sujetos acompañadores de estos otros sujetos en formación, para que se formen de la mejor forma posible, según lo que dicten sus propias potencialidades. Y sin embargo, para llegar a esta decisión, a está visión de lo que es educar, formar personas, se tiene que contar con una gran confianza en la persona, en el ser humano.
 
Esto es contrario a pensar que hay individuos que por naturaleza son malos, "manzanas podridas" que no deben mezclarse con las otras, para que no les hagan daño. Tener confianza en el ser humano es suponer que todos somos "buenas semillas", con buenas posibilidades de desarrollo, con toda la diversidad que esto pueda implicar.
 
Para educar tenemos que estar dispuestos al encuentro. El encuentro es una de las experiencias más humanas. "El encuentro implica la presencia recíproca, directa entre dos sujetos, en la cual ninguno puede permanecer indiferente"[2]. Es decir, nos construimos en el encuentro.
 
Los encuentros nos cambian, los encuentros son terapéuticos, en el sentido de que son siempre posibilidades de cambio para los dos que se encuentran. La vida está llena de encuentros, aunque no siempre contamos con esa disposición para el cambio, es decir, no siempre estamos listos para el encuentro.
 
Sin embargo, somos seres "relacionales", más que "racionales". "La autoconciencia de la persona no surge de su racionalidad, sino del espacio relacional"[3], que a su vez, es un espacio enteramente emocional. En efecto, es un proceso que tiene que ver más con la intuición que con la razón. Y porque es un proceso derivado de la intuición, nos lleva a una verdad "mas honda", a un autoconocimiento de carácter más profundo.
 
La intuición, cuyo contenido es de naturaleza emocional, es la que revaloriza la experiencia y abre paso, por consiguiente, al aprendizaje, a la enseñanza. La intuición implica una perspectiva de vida completamente diferente a la razón, es otro procesador de la realidad, "paralelo al racional, que permite acoger todo lo que la razón rechaza".[4] La intuición, desde la antropología del límite[5]nos permite aceptar la realidad, por incomprensible que pueda resultar desde la visión perfeccionista de la razón. La intuición es una gran aliada en terrenos de aceptación, de reconciliación con lo que la vida nos presenta.
 
3. El encuentro con nosotros mismos
 
Como seres relacionales, podemos relacionarnos con un "otro" (con minúsculas), o con un "Otro" (con mayúsculas), en particular si creemos que existe un Ser superior, un Dios, si creemos en esa dimensión espiritual de la persona de la que habla Víctor Frankl. En esa relación con el "Otro" llevamos a cabo un proceso de autoconocimiento.
 
Algunos le llaman "introspección", otros le llaman "oración". De cualquier forma es ponernos en contacto con lo más profundo de nuestra persona. Con la diferencia de que la introspección se lleva a cabo básicamente desde la razón, mientras que para hacer oración se utiliza el lado intuitivo, se "callan las potencias" (se apaga la razón), como sugieren algunos.
 
A lo largo de la historia ha habido algunos "maestros de la oración", místicos que nos han enseñado diversos caminos para contactar con nuestro centro. Por ejemplo Teresa de Jesús propuso un "itinerario espiritual", un recorrido a través de "siete moradas" o siete niveles de oración, dentro de lo que ella llamó el "castillo interior". Al denominarlo de esa manera está dándole un valor intrínseco a la persona: "…considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal…"[6], habla de la hermosura del alma, rescatando su dignidad. Vemos entonces que el itinerario teresiano se sustenta sobre una concepción altamente positiva del ser humano, que servirá como guía para llegar a "ser del todo" lo que ya "se es en esencia".[7] Como puede apreciarse, desde hace siglos se vislumbraba esta situación del florecimiento mencionada anteriormente.
 
Es interesante como los místicos españoles del siglo XVI, Teresa de Jesús incluida, reconocieron la importancia de la subjetividad, es decir, que lo más significativo no era la realidad de las cosas en sí mismas, sino los ojos de quien mira la realidad. El sujeto mira la realidad y, en esa mirada, repara en su propia realidad, se reconoce a sí mismo, recorre su interior, sin analizar ni fiscalizar, alcanzando una experiencia de sí mismo que lo cambia. Así como sucede con cualquier relación humana que nos cambia, el contacto con nosotros mismos (o con Dios, como Fundamento del ser, si se cree en El) es factor de cambio. Debemos entonces, dedicarnos un tiempo diario a nosotros mismos, para contemplarnos existencialmente en todo lo que somos.
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