Busca:   en:
Inicio > Revista

Hacia una pedagogía orientada a la persona humana (Parte IV)

Tener una actitud de respeto por la diferencia. Saber de antemano que las personas con las que nos estamos encontrando van a ser diferentes entre sí. Ni mejor, ni peor, simplemente diferente. No pretender, por lo tanto, nivelar, hacer masas de individuos. Tarea de la educación es proyectar encontrar lo individual, lo especial, lo que hace diferente a cada persona.

4. La autoaceptación
 
Pero esa mirada hacia el interior tiene un punto central, que es el de la aceptación. Quien se encapricha en no aceptar la realidad, produce pensamientos de autoderrota que conllevan a sentimientos de rechazo que, a su vez, conducen irremediablemente a la depresión y la depresión, a realizar acciones que dañan la propia existencia. Como señala Gordon Allport:"el no aceptar ser lo que uno mismo es se ha convertido en la causa de infinidad de neurosis".
 
Es fácil aceptarse, reconocerse en las cuestiones que nos resultan agradables de nosotros. El trabajo duro de autoaceptación viene del reconocimiento de nuestras limitaciones, de nuestras "miserias", de eso que no nos gusta de nosotros mismos, de eso que no podemos cambiar, o que no escogemos tener, como la enfermedad, o el tiempo que ha dejado huella; fracasos, relaciones desafortunadas, expectativas no cumplidas, decepciones, objetivos malogrados.
 
Nuestra historia está llena de circunstancias que no siempre queremos haber vivido, que quisiéramos omitir, y sin embargo es el paso por cada una de esas situaciones "desfavorables" lo que nos ha llevado a ser lo que somos. El trabajo de autoaceptación es un trabajo de humildad. Tiene que ver con una actitud de desprendimiento, no sólo de cosas, sino de ideales y expectativas, de nosotros mismos y de los otros. Tiene que ver con no considerarnos dueños de nada ni de nadie, ni siquiera de nuestra propia persona, pues ésta va a dejar de ser en un momento dado. No somos dueños de nuestra vida, ni de la de los que nos rodean. "Cada límite, a su manera, nos anuncia que, a consecuencia de ser limitados, se puede dejar de ser, y que infaliblemente dejaremos de ser."[8]
 
Esto es algo muy difícil de asimilar, pero definitivamente tiene que ver con la humildad, que es sentido de lo que es y de lo que somos. Esta actitud "desprendida" puede tener un efecto liberador, que nos permita vivir con menos aprensión y más apertura.
 
Aceptarnos tiene que ver también con hacer un reconocimiento, no una investigación, de nuestra historia. Concretamente reconocer esos momentos en que contactamos con lo que somos. Reconocer no es censurar, que es una forma de control, sino revalidar. ¿Qué tenemos que revalidar? Reconocer es revalidar, acreditar, ante nosotros mismos, nuestra fragilidad. La fragilidad y el dolor nos hermanan, porque son experiencias exquisitamente humanas. Nos identificamos con el otro en el dolor, en el sufrimiento. Pero no le estamos sacando provecho a la crisis si no supimos cómo es que salimos adelante, cómo es que nos levantamos del fracaso, cómo sobrevivimos la decepción, cómo aprendimos de nuestros errores. Pues convertir la experiencia en enseñanza, que es la verdadera alquimia de la educación, se reduce esencialmente a vivir con ellos.
 
Es decir, lo más común es no reconocer la enseñanza de la experiencia. No estamos acostumbrados a encontrar la luz en la oscuridad, nadie nos enseña a buscar el beneficio de la situación fallida. Al contrario, estamos acostumbrados a omitir, a no querer ver, a esconder, a no mencionar, a sentirnos avergonzados de nuestros errores. Y sin embargo, son estos errores los que realmente constituyen las experiencias que enseñan algo, que nos hacen crecer.
 
Si desde que somos pequeños nos enseñaran, en el hogar y en la escuela, a ver desde ésta óptica nuestros errores, como oportunidades de crecimiento, como espacios de autoconocimiento, en lugar de situaciones por las que debemos avergonzarnos y por lo tanto negarnos a nosotros mismos, haríamos una gran diferencia. Estaríamos educando, formando personas humanas.
 
Como decíamos en un principio, educar es facilitar experiencias que originen aprendizajes. Pero qué mejor aprendizaje que ese que sacamos de nuestros llamados errores. Es decir, nuestras experiencias de fracaso, de falla, son las indicadas para hacernos crecer. Y en la escuela y en la casa son esas experiencias precisamente, las que tendrían que revalidarse o revalorizarse para reconocer el aprendizaje de las mismas. En lugar de ocultarlas, tendríamos, como educadores, que poner el foco en esas experiencias, pero no un foco como en silla de acusados. Estamos hablando de un foco iluminador, un foco de aceptación, un foco de compasión. Compasión con el otro y compasión con uno mismo.
 
Es el tipo de compasión mostrado por el padre del hijo pródigo, que lo recibe con los brazos abiertos y le organiza una fiesta. El padre celebra el fracaso y celebra el regreso, porque el regreso simboliza el regreso a sí mismo que ha emprendido su hijo. Estaba perdido y regresó, estaba descentrado y volvió a centrarse, aprendió algo de sí mismo a través de esa experiencia de "perdición". Fue una experiencia transformadora, de aprendizaje profundo; "hay viajes desatinados, sin embargo, aun los viajes equivocados pueden encaminarnos y dar una nueva congruencia al entero Viaje."[9]
 
Las experiencias fallidas no es necesario procurarlas. "El primero y el mejor terapeuta de la imperfección es la vida misma".[10] Estas "experiencias de imperfección" están a la vuelta de la esquina, simplemente suceden, a veces con más o con menos ayuda de nuestra parte. Lo que sí es necesario procurar como educadores, es una actitud compasiva frente a esas experiencias de falla. Para que esa actitud de compasión sea como una luz que ilumine a la persona sobre el aprendizaje de dicha experiencia, y llegue a conocerse más realistamente, a través de esa situación.
 
5. Es difícil dar lo que no se tiene
 
Resumiendo entonces, para poder entrar en ese rol de educadores, de acompañadores de personas en formación, de jardineros de ese árbol que necesita ciertas condiciones para florecer, necesitamos varios requisitos:
 
Tener confianza en la persona humana. Creer en su potencial de florecimiento. Para facilitar el crecimiento de una persona, se requiere de conocerla, y en forma más profunda, de amarla. Víctor Frankl dice que el amor constituye la única manera de "aprehender a otro ser humano" en lo más profundo de su personalidad. La persona que ama posibilita al amado a que manifieste sus potencias. Santa Teresa dice "quien no os conoce, no os ama." Conocer para facilitar el crecimiento.
 
Tener una actitud de respeto por la diferencia. Saber de antemano que las personas con las que nos estamos encontrando van a ser diferentes entre sí. Ni mejor, ni peor, simplemente diferente. No pretender, por lo tanto, nivelar, hacer masas de individuos. Tarea de la educación es proyectar encontrar lo individual, lo especial, lo que hace diferente a cada persona.
 
Tener apertura frente al encuentro. Esto implica apertura al cambio, porque los encuentros nos cambian. No temerle al encuentro, sobretodo al encuentro con lo diferente; antes bien buscar el encuentro con el otro, sea hijo, alumno, compañero, padre, hermano. Estar, si es posible, ávidos de encuentros.
 
Buscar espacios de encuentro con nosotros mismos. No temerle a los espacios de soledad, buscarla todos los días, hacer reconocimientos, revalidaciones constantes de nuestras experiencias. Revalorar nuestra historia. Qué no se pierda absolutamente nada. No hay "basureros humanos" por eso nunca sobra nada.
 
Buscar entre los escombros, qué hicimos con ellos, cómo juntamos las piezas otra vez, para construirnos a nosotros mismos.
 
Tener una actitud compasiva frente a nuestra falibilidad, como sugiere Santa Teresa al hablar de la humildad, en el libro de "Las Moradas", y Ricardo Peter a través de la Terapia de la Imperfección. Como sugiere Jesús en el Evangelio, cuando nos habla de la Parábola del Hijo Pródigo.
 
Porque sólo perdonándonos, aceptándonos en nuestra verdad, es como podemos seguir adelante y construir sobre roca. Sin autoaceptación, construimos sobre arena.
 
 
 

  

 

Referencias

[1] Peter, Ricardo. Una terapia para la persona humana, BUAP, 3ª edición, p. 15.
 
[2] Consultar del Equipo educativo de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, la "Propuesta Educativa Teresiana", Ganduxer ediciones, STJ, Barcelona, 2005.
 
[3] Idem.
 
[4] Peter, Ricardo. "Una terapia para la persona humana".op. cit., p. 62.
 
[5] La Antropología del límite es el fundamento filosófico de la Terapia de la Imperfección propuesta por Ricardo Peter. Se parte de que el ser humano es limitado, como realidad que no puede esquivarse, sino más bien aceptarse.
 
[6] Teresa de Jesús. Obras Completas. El libro de "las Moradas", p. 663. Edición preparada por Tomás Alvarez. Editorial Monte Carmelo.
 
[7] Para conocer más a fondo sobre espiritualidad teresiana se recomienda consultar a Antonio Mas Arrondo, "Acercar el cielo" Itinerario espiritual con Teresa de Jesús. Ed. Sal Térrea.
 
[8] Peter, Ricardo. Ética para errantes. BUAP, Universidad Iberoamericana. 4ª edición. P.58.
 
[9] Peter, Ricardo. Ética para errante, op. cit., p.23.
 

[10] Peter, Ricardo. El miedo a amarnos, Asociación Internacional para la Terapia de la Imperfección, S.A. 1ª Ed., México, 2004, p.15 

Gastos de envío
G R A T I S
Envíos España península para pedidos superiores a 49,90 euros (más iva) (condiciones)

Compartir en:

compartir FaceBook

Síguenos en: Síguenos en Twiter | Síguenos en Facebook | Instagram | pinterest

Enlaces rápidos a temas de interés

BOLETÍN

RSS | XHTML | CSS
Mapa Web | Registro | Contacta
© Majo Producciones 2001-2019 - Prohibida la reproducción parcial o total de la información mostrada