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Las escuelas de sordos entre la espada y la pared. (Parte IV)

Ateniéndonos a los hechos, nadie debería estar de acuerdo con que un niño con “discapacidad auditiva”, sordo o hipoacúsico asista a un aula de oyentes. Sin embargo, en el momento actual, asistimos a una vigorosa ofensiva de la concepción médico-rehabilitadora, que parece haber vuelto por sus fueros luego de los duros reveses sufridos a partir de la década de los ochenta del siglo pasado.

4.- Las amenazas de las políticas “integracionistas”
 
Ateniéndonos a los hechos, nadie debería estar de acuerdo con que un niño con “discapacidad auditiva”, sordo o hipoacúsico asista a un aula de oyentes. Sin embargo, en el momento actual, asistimos a una vigorosa ofensiva de la concepción médico-rehabilitadora, que parece haber vuelto por sus fueros luego de los duros reveses sufridos a partir de la década de los ochenta del siglo pasado. Porque el asunto no es lógico, sino ideológico. Se vuelve a concebir la sordera como una enfermedad que hay que curar, y se vuelve a priorizar el habla como meta y como condición - inconfesa - para la aceptación de la persona sorda. Esta ofensiva cuenta ahora con dos armas que, apoyándose mutuamente, están adquiriendo un enorme poder. Una de ellas es la estrategia de integración-inclusión, aceptada  y promovida por casi todos los gobiernos como un paso de progreso y la otra es el avance sostenido e impetuoso en el campo de la tecnología referida a las prótesis cocleares y de la cirugía para la implantación de las mismas (ver al respecto el artículo “Los sordos, una especie en peligro de extinción” en la página Cultura Sorda, que editan Alejandro Oviedo y Viviana Burad). Lamentablemente, ni los políticos ni los médicos responsables de la toma de decisiones en estos campos, han tenido acceso a un debate serio y sensato, que es el que plantea la concepción socioantropológica de la sordera.
 
Rechazar la exclusión no puede significar, en contrapartida, aceptar la pérdida de la identidad. Sin embargo, la inclusión propuesta para los sordos, por el contrario, parece indicar disolución, desaparición. Algo así sucede cuando las amibas o los leucocitos para alimentarse o para defenderse, ingieren una partícula que les es ajena, rodeándola con sus seudópodos, la degradan con sus jugos digestivos y la asimilan, la incorporan a su propia masa, la incluyen en su citoplasma, sin que quede huella alguna de la misma. A ese proceso de “inclusión”, antes de que el término fuese puesto en boga, yo lo llamaba “integración digestiva”. Y es así como se plantea: para que la persona diferente sea incluida tiene que tornarse invisible, dejar de ser o al menos dejar de parecer diferente, y asumir las propiedades del organismo que la incluye. Para eso la sociedad “normal” la mastica, la tritura, la licúa, la desintegra y al cabo de este proceso, cuando ya es una cosa amorfa en un todo similar al organismo que la ha tragado y por lo tanto inocua, ingresa a la masa corporal, o sea al cuerpo social. 
 
Alguien podría pensar que, como están las cosas, lo más prudente sería escoger para cada caso, de acuerdo a una serie de criterios inevitablemente subalternos, entre una u otra opción: continuar en las escuelas de sordos o aceptar la inclusión en escuelas regulares. En mi opinión, no se trata de dos opciones, porque la inclusión no es aceptable: debemos defender las escuelas de sordos contra viento y marea, sin transar ni un ápice. Negociar sería letal en esta coyuntura. Se me ocurre evocar en esta circunstancia una viñeta muy conocida de la época de la Revolución Francesa: en una asamblea en la que participan miembros de todos los estratos de la nación, los nobles que presiden la asamblea (representados por animales carnívoros) les preguntan a los pobres (representados por animales de corral): - ¿Con qué salsa quieren ser comidos? - ¡Nosotros no queremos ser comidos! - responden los pobres. - ¡Silencio, señores! ¡Eso está fuera de orden! – sentencian los nobles. Aquí las cosas son equiparables. No es cuestión de elegir la salsa con que seremos devorados, sino de impedir que nos devoren, y si no podemos hacerlo, si nos van a comer igual, da lo mismo la salsa con la que seríamos sazonados…

 

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